Diálogo imposible

Américo Martín's picture
Autor: Américo Martín, publicado el

I ¿Hay a estas alturas algún nuevo argumento a favor del diálogo entre rivales electorales? No debería. Podemos invocar la historia. Salvo bajo reinados dictatoriales, en los que se odia a quien ose discrepar del mandamás, el método de dialogar es de la esencia misma de lo que sea la política. Política, en efecto, es diálogo. Puesto que se dirige “a todos” lo lógico es que se oiga “a todos” los que quieren opinar, quejarse, advertir e incluso coincidir. Se entiende que un presidente no destine la totalidad de su tiempo a debatir; también hay que actuar. De allí que el diálogo entre rivales electorales tenga su momento, pero dando por supuesto que sin importar el tamaño de la carga de la gestión pública, ese momento ha de cumplirse de todas, todas.
Son en realidad escasos los países democráticos que hayan prescindido explícitamente del debate entre candidatos. Incluso, en Colombia y México no redujeron su ámbito a quienes tuvieran más opción. El formato fue el de un entrevistador preguntando a los aspirantes, sin que técnicamente hubiera directo intercambio entre ellos, como sí ocurre, por ejemplo, en EEUU, Reino Unido, Brasil, Chile o como el escenificado en Venezuela entre Rafael Caldera y Jaime Lusinchi.
El debate no es un capricho de los abanderados; es un derecho del pueblo. No es una concesión graciosa sino una obligación.

II El presidente Chávez no reconoce ese derecho, como tampoco respeta las reglas para garantizar la igualdad de los candidatos. En Venezuela el CNE proporciona una imparcialidad mediatizada. Al presidente se le permite abusar de las cadenas y usar discrecionalmente los bienes públicos en su campaña. La decisión de postular a Capriles Radonski obedece a un cuidadoso análisis de posibilidades más allá de las inseguras seguridades que estén prevaleciendo. El profundo deseo de cambio hacia la democracia, el progreso social y el desarrollo diversificado con pleno empleo de recursos naturales y humanos, ha hecho carne en el cuerpo de la gran mayoría del país. Se ha ido superando el legítimo escepticismo, la sensación de que nada podrá lograrse frente a los desmanes de un presidente que pretende perpetuarse a como de lugar. Capriles es el pináculo de la unidad en todos los niveles y de la sensación de victoria que ilumina el horizonte.
Su esfuerzo descomunal, su cada vez más notable dominio de la escena, del discurso, de la respuesta y del significado de su candidatura, han puesto contra la pared al gobierno y personalmente al presidente. El entusiasmo que levanta a su paso ha derrumbado desde su base la argumentación mediática emanada de las salas situacionales del oficialismo, según la cual Chávez vencerá en forma tan abrumadora que ya nada podrá impedir el continuismo.
Con el rudo lenguaje de los hechos el presidente reconoce la falacia oficial: inútiles ataques a las diarias concentraciones de Capriles, reedición de apolilladas encuestas que avergüenzan a sus dueños, inflada relación de promesas permanentemente aplazadas y … su rueda de prensa. Afirmó que sus huestes saldrían por fin a la calle. El también, sí, pero no mucho, dadas las exigentes tareas oficiales. No debatirá con Capriles (“la nada”, en su gárrulo lenguaje) ni firmará pacto prelectoral alguno. “Es ilegal”, balbució.

III ¿Cómo puede ser ilegal un acuerdo encaminado a cumplir las leyes?
Que el presidente minimice su presencia en el terreno puede deberse a su estado de salud o a que sus incumplimientos lo coloquen en posición incómoda. Especulen unos y otros lo que más les acomode, pero quisiera centrarme en el tema de por qué no puede discutir con Capriles
Hablar con el abanderado de la Unidad Democrática implica reconocer su existencia y por lo tanto la validez del pluralismo, que tantas veces ha rechazado. No es por ser lo que los españoles llaman “de mala uva” que no acepta rivales. Es su vocación autocrática adornada con un feroz narcisismo. Capriles, demócrata y accesible, insiste: aceptemos el resultado y firmemos un documento de acatamiento de las reglas. Lo bueno de insistir, así el otro no quiera, es que deslinda lo que está en juego: por un lado intolerancia, propensión autocrática, violencia y división profunda del país, y por el otro, tolerancia, democracia, unión sin sacrificar diferencias. Además, inclinación al conflicto en Venezuela y el extranjero o diálogo y relación construida sobre el mutuo provecho. Violencia o Paz, para decirlo rápidamente.
Con Capriles entusiasmando a la gente en las calles y Chávez afincándose en los medios, el dinero y aburridas promesas, el resultado está escrito. Pero no creo que haya debate. Más allá de las emociones, los dos mensajes no se tocan. Son universos distintos. Uno flota en nubes heroicas, plagadas de próceres de la Independencia, desde las que anuncia la destrucción final del capitalismo; el otro está aquí, angustiado por la caída de los venezolanos y los fabulosos ingresos perdidos, oyendo a la gente, diseñando respuestas viables que nos colocarían a la cabeza de Latinoamérica en todo lo que cuenta: crecimiento bruto y per cápita, empleo, nivel de vida, infraestructura de primer mundo en educación, salud, vialidad, vivienda, servicio eléctrico, agua, seguridad personal y social.
En fin, la superación del saldo siniestro que nos dejaron 14 enfermizos años.
Líneas paralelas que sólo podrían encontrarse en el infinito. Por eso, de darse el debate que reclama el país, me temo que sería la imposible confrontación entre un hombre racional y una pared de granito. @americomartin

Comentarios