Diálogo o Competencia de Ping Pong


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Mar, 28/11/2017 - 22:37

El país, la Venezuela convulsionada de hoy, está dividida en tres partes. Desiguales, para mayor detalle. Es entre una minoría que controla el poder; otra que rechaza a la primera precisamente por detentar esa ventaja; y una tercera, la mayoría conformada por ciudadanos de a pie. La de los ignorados; los usados políticamente; el objetivo del populismo cuasipatológico criollo. ¿El soberano?. ¿Mirones de palo?. Algo de eso son.

Al primer grupo, sin duda alguna, se le rechaza. Y no necesariamente por estar al frente del poder. Sí por la manera como lo ha ejercido. Sobre todo después de recibir el respaldo de una sociedad que creyó en la voluntad y decisión de cambiar que prometieron sus integrantes, hasta terminar admitiendo que había sido usada para instaurar una mascarada ideológica.

Mascarada, farsa intencionalmente encaminada a cambiar la ideología democrática del venezolano por la de un formato comunista a la cubana. Pero, además, hacerlo desestimando la evidencia de que se recurría a un sistema históricamente fracasado. Y también a sabiendas de que el fracaso terminaría en lo de hoy: en hambre, miseria, ruina y destrucción moral entre la mayoría. Hecho que se daría después de ponerle la mano a la economía directa e indirectamente, una vez que ya se le hubo impuesto el dominio forzoso de la industria petrolera.

Inevitable, entonces, que el rostro de la Venezuela de hoy exteriorice miseria y tristeza; frustración y desesperanza. Decepción de su dirigencia política. Suspicacias por la Democracia.

Como todo comunismo o totalitarismo desenfrenado, el nacional es también auténtico comunismo, pero barnizado por la multiplicidad de componentes y detalles a la venezolana. Especialmente, los que aportan los ingresos de un gran negocio, el petrolero. Ese mismo que después de cien años de explotación con el aporte financiero y tecnológico internacional, ha terminado convirtiéndose en el reflejo de un patrimonio absoluto de y para beneficio directo y casi exclusivo de la minoría dominante.

En este comunismo, la “nomenklatura” se viste de liqui-liqui. Y si no usa la criollísima vestimenta, la siente, vive, disfruta y goza para proyectar una supuesta innegable autenticidad; señorío propio de una presunta casta, comprometida con la utilidad estratégica de mantener vivo -y siempre útil- el legado de un propósito que, al final, se sostiene con la idea de un origen que, sencillamente, quedó sólo para el uso en los momentos comiciales.

Pero hay otra “nomenklatura”. Es la de la élite que cree ciegamente en que es ejemplo y figura de lo que significa el “poder del pueblo”; que se conforma con ir detrás de aquello a lo que cree tener derecho, es decir, al de la libertad de acción. Porque a partir de allí, hay la posibilidad de “resolver” la vida, aunque no haya alimentos –o sean muy costosos- ni medicinas –o que sean muy costosas. El pragmatismo utilitarista lo plantea así: al final, estar en donde se debe estar, se convierte en la mágica llave para el “resuelve” y mucho más. Bien para acceder a dólares al cambio edulcoradísimo de 10,oo bolívares por dólar. 0 a la impunidad para vivir “divinamente” el mundo del “colectivismo”.

Del léxico de los privilegiados, por supuesto, ya desapareció el efectista lema de que “ser rico, es malo”. No se dice tampoco, es cierto, que es bueno. Pero por las calles del país, por las mismas por donde se mueven más de 4 millones y medio de vehículos, autobuses y gandolas –cuando sus dueños pueden comprar repuestos, cauchos y baterías- muchos de ellos con más de 20 años sobre sus carrocerías y/o con una vida útil extendida atrevidamente, lo bueno de la riqueza se aprecia. Sobre todo porque “cachetea” y ofende.

Se trata de ese supuesto 5% de mismo parque automotor integrado en este caso por vehículos de lujo y de último modelo; útiles solamente para transportar al emblema de la Venezuela ostentosa, aquella que representa la burocracia que se moviliza desde impresionantes mansiones hasta los despachos sobrecargados de adornos, por cierto, muchos de ellos traídos desde aquellos seleccionados lugares del mundo a donde se acude a hacer compras alimenticias, la adquisición de exquisiteces imposible de adquirir en el arruinado comercio nacional. Todo, desde luego, sin necesidad de tener que hacer “colas”, ni exponerse al riesgo de una movida de “bulling Made In Venezuela”.

Pero el “comunismo venezolano”, sin embargo, hoy se ve sometido a una prueba de fuego. Los malos manejos del dinero proveniente del negocio petróleo, además de la corrupción desmesurada, y la incuantificable deuda internacional, se han convertido en un grito ensordecedor en todo el continente, y un escándalo internacional. Ya no sólo por los montos que le alteraron el alma administrativa a la nación. También porque después de destruir la estructura productiva nacional, al desechar la meritocracia profesional y productiva, y reemplazarla por adulantes y oportunistas en procura de un ”resuelve”, ahora, sin recursos suficientes y compromisos por honrar, no basta la palabra oficial para aplacar a los acreedores, mucho menos para reestructurar deudas y refinanciar vencimientos.

Ante casos de esta naturaleza, la complicidad, el amiguismo y la mediocridad, definitivamente, ya no funcionan. Sobre todo porque al reducirse el tamaño del pastel en juego, que ya no alcanza para todos, pareciera no haber maneras de evitar que la prueba de fuego termine convirtiéndose en un motivo para que la destrucción institucional pública del país termine siendo un verdadero lamento gubernamental. Es verdad, la neoinstitucionalidad comunal pudiera servir para algunas cosas tierra adentro. No así más allá de la frontera; incluso, entre los propios países vecinos.

En lo que toda esta situación particular se está convirtiendo, es en una incompatibilidad de opciones para el entendimiento y las soluciones de todo lo que está planteado. De hecho, se ha creado un serio malestar en las filas del Gobierno, como en la privilegiada dirigencia de la oposición que sólo ha estado pendiente y apostando participación, en caso de que haya o no elecciones para poder ¿enchufarse?. Asimismo, rivalidades -y muy serias- en las llamadas cúpulas de los bandos contrapuestos, además entre los ahora abundantes grupos que pugnan por el control del poder.

En un ambiente político matizado por estas características, razones sobran, entonces, para que cuando se hable de “diálogo”, el justificado ruido que se genere se manifieste en torno a aspectos capciosos. Y eso comienza por la necesaria aclaratoria acerca de sobre qué se va a dialogar y qué es lo que se aceptaría. Porque el sentido común, entonces, hala hacia el terreno de lo lógico: no puede haber diálogo alguno entre las partes, si entre ellas no se han realizado previamente sus propios diálogos.

Es a partir del momento cuando se supera el diálogo interno que se pueden intentar acuerdos entre las partes con metas claras, puntos de encuentro o desencuentro. Y, desde luego, cubrir la sensible exigencia de que toda solución, a partir de allí, debería ser dirigida hacia la estructuración de un proyecto de país orientado a hacer posible el imprescindible desarrollo integral. No olvidando que más del 80% de la población, convertida en ciudadano de a pie por voluntad y forma de gobernar en Venezuela, tiene que convertirse en el gran objetivo del esfuerzo productivo nacional.

Hay que resolver los grandes problemas que azotan a ese gran ausente, el llamado soberano o ciudadano de a pie; el mismo que sí representa la mayoría venezolana, y al que, definitivamente, se le tiene que dejar de emplear como instrumento político y recurso clientelar, para convertirlo luego en un agente económico activo de la nueva Venezuela.

Actualmente, está programado realizar un encuentro para dialogar en República Dominicana. Pero ¿cuáles son las bases de ese diálogo?. ¿Quién seleccionó a los que dialogarían en representación de la expresión opositora?. ¿Se siente realmente representada la mayoría venezolana por esos señores ?. ¿ Es la Mesa de la Unidad Democrática la actual representante de la mayoría opositora? ¿Se puede iniciar un diálogo, cuando todavía no se han liberado los presos políticos?. ¿Quién asumirá la responsabilidad de impedir que se continúen celebrando elecciones bajo la coordinación de un ente electoral no confiable, que sólo responde a una obscena parcialidad partidista?.

De igual manera, si hubiera un proceso comicial transparente, ¿ a qué se va a abocar el Tribunal Supremo de Justicia?. ¿Qué papel jugarán los Magistrados que están en el exilio?. ¿Y la vigencia de la Asamblea Nacional?. ¿0 habrá que esperar el visto bueno de todo y para todo de una Asamblea Constituyente ilegítima, mientras se insiste en querer deslegitimar a la Asamblea Nacional, electa por la ciudadanía calificada para ejercer su derecho al voto, según está establecido en la Ley Electoral vigente?

Son éstas y muchas otras las condicionantes que tendrían que ser aclaradas y corregidas, sin que deban estar sujetas a negociación, toda vez que las mismas están enmarcadas dentro del ordenamiento jurídico de la vigente Constitución de la República Bolivariana de Venezuela

Además, ningún diálogo puede estar sujeto y condicionado por amenazas. Debe estar centrado en cómo solucionar los graves problemas del país, que abundan y exigen respuestas serias y sin titubeos. Es el caso de la crisis alimentaria, de la falta de medicinas y la gran crisis de salud. También hay que recuperar el sistema de educación, hacerle frente a las causas de la hiperinflación, y superar progresivamente los bajísimos índices de producción y de productividad; erradicar el control de cambio y volver a una libre convertibilidad.

Tiene que producirse, además, la estabilización de la moneda; establecerse una política integral para reducir los altos índices de inseguridad; enfrentar la deuda interna y externa; no continuar estimulando la ya desbordada corrupción, debido al reinado de la impunidad. Y, por supuesto, tiene que producirse una respuesta eficiente en contra del grave desmejoramiento productivo de la principal fuente de ingresos, PDVSA, y sus filiales. No permitir, además, que se transmita la sensación de que el espacio minero es un campo abierto para el saqueo y la destrucción ambiental, asimismo, de muchos otros problemas que mantienen al país desarticulado y sumido en una situación de desesperanza.

La actual situación y condición de ruina que proyecta Venezuela, definitivamente, no se resuelve con elecciones. Antes hay que elaborar un Plan de Recuperación Nacional, luego el diseño de un Proyecto de País. Y, cubierta esa etapa, escoger los candidatos calificados para realizar la tarea del trabajo requerido.

No hay otra forma de reconciliar al país. Y reconstituirlo institucionalmente, tiene que apoyarse en el acatamiento y cumplimiento de lo que está previsto en la normativa constitucional de la República. Después, desde luego, sí se puede convocar a la celebración de una Asamblea Nacional Constituyente Originaria y no una caricatura ilegítima como la actual.

Negociar un arreglo con base en unas elecciones para privilegiar intereses personales, sin que priven los nacionales, concluirá en darle cabida a otro gatopardianismo o una simple corrida de arruga, para simular correctivos que no concluirán en lo que se necesita: erradicar las causas de los males que afectan a la nación entera.

Ya la ciudadanía no cree en ofertas vagas. A ella, le suena fútil todo ese cuento de que “seremos potencia, tendremos, haremos”,etc.

¡Basta¡. Lo que los ciudadanos quieren, y con urgencia, es que se formulen propuestas de soluciones, de paz, seguridad y de calidad de vida. Pero también, además, que se defina qué se quiere de esa misma ciudadanía, y cuál será su participación en un verdadero proceso de transformación.
Egildo Luján Nava
“Al que no lo hace, se lo hacen” (Dicho beisbolero)
Coordinador Nacional de Independientes Por el Progreso (IPP)


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