¿Hay golpes de estado democráticos?


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Sab, 12/08/2017 - 12:14

Con ocasión de una reciente declaración del canciller de Chile, Heraldo Muñoz, en la que dice que se opone a golpes y autogolpes de Estado en Venezuela, releí un artículo publicado hace algunos años en Harvard International Law Journal (Vol. 53, number 2, Summer 2012, p. 292), firmado por el profesor de Kent College of Law de Chicago, Ozan Varol, titulado The Democratic coup d’etat (El golpe de Estado democrático) que vale la pena reseñar en estos días difíciles que estamos viviendo y que suceden hechos inexplicables y se oyen tantos rumores sobre movimientos contra el gobierno a lo interno de la institución militar.

Ciertamente es un tema espinoso el de los golpes de Estado, que a mi juicio son los que se perpetran, por las vías violentas, de facto, por la fuerza militar.

Varol señala que hay golpe de Estado, cuando “los militares o una parte de ellos, vuelve su poder coercitivo contra la máxima autoridad del poder del Estado, colocándose en el lugar de éste y sometiendo a todos los poderes de aquel bajo las órdenes del nuevo régimen”. Esta noción excluye los golpes cometidos por actores distintos de los militares y las revoluciones, los cuales son definidos como episodios protagonizados por actores no estatales que persiguen un cambio de régimen.

Los golpes de Estado son, sobre todo, un asunto muy sensible para los latinoamericanos, porque en la materia tenemos harta y dolorosa experiencia, de allí el natural rechazo a ellos y la obvia desconfianza de cara a ese tipo de iniciativas.

Sin embargo, según el citado profesor, puede haber golpes de Estado democráticos (GED) porque abren el camino a la recuperación de la institucionalidad democrática y de las libertades, a diferencia de los tradicionales en que los militares sólo buscan apoderarse del gobierno para instaurar otra dictadura igual o peor a la depuesta.

Dice, asimismo, que los GED son la excepción a la norma, y para sustentar su tesis analiza ampliamente tres casos: Turquía (1960), Portugal (1974) y Egipto (2011), que pueden ser incluidos en el grupo de los democráticos.

En su ensayo, Varol cita un estudio que afirma que 74% de los golpes en la era post-Guerra Fría fueron del tipo democrático. Los autores de ese estudio concluyen que la nueva generación de golpes ha sido menos una amenaza para la democracia que los que los precedieron históricamente.

Por otro lado, dicho estudio señala que los GED reunirían los siguientes rasgos: se dan contra un régimen autoritario o totalitario; los militares atienden el llamado de la oposición popular contra ese régimen; el líder autoritario o totalitario se ha rehusado a dimitir ante la oposición popular; el golpe es realizado por militares que son altamente respetados por la población; los militares ejecutan el golpe para deponer al régimen en cuestión; los militares facilitan elecciones libres y justas en un corto espacio de tiempo y el golpe finaliza con la transferencia del poder a líderes democráticamente electos.

Sigue nuestro autor diciendo, que en los GED el pueblo y los militares “suscriben” un “contrato faústico”, en el que los militares obtienen un beneficio para ellos (garantías legales y constitucionales) a cambio de deponer una dictadura y devolver el poder al pueblo.

Todo esto no excluiría un gobierno militar o cívico-militar interino por un breve tiempo mientras se realizan elecciones libres y eventualmente se redacta una nueva constitución o se rescata una anterior.

Varol, por otro lado, expresa que en relación con este tema de los golpes militares ha habido pocos estudios en los últimos años. “Los militares, como factores involucrados en los nuevos movimientos democráticos, son uno de los menos estudiados (…) han sido ampliamente desdeñados por la literatura especializada”, afirma.

Así, el concepto que maneja Varol (GED), a su juicio, habría sido ignorado por la academia.

Debe advertirse que el profesor se centra en casos en que los militares después de defenestrar al gobierno supervisan el proceso de transición que ha seguido. No pretende establecer una teoría universal aplicable a todo tiempo y lugar. Pero subraya que los estudios sobre el tema se reducen a analizar los golpes desde el ángulo de los mecanismos utilizados, y no a partir de los posibles componentes sustantivos de ellos, es decir, de las motivaciones que podrían ser democráticas.

Son unos cuantos, los matices, que el autor resalta en su tesis, y que en estas líneas omitiremos. No se trata de preferir como método de cambio político los golpes militares, pero en ciertos contextos la intervención militar sería indispensable para encaminar un país por un proceso de transición; Portugal, por ejemplo, en 1974, dice Varol.

Para los venezolanos de hoy, la tesis expuesta muy sucintamente en estas líneas, no deja de ser de mucho interés. En algunos círculos académicos latinoamericanos se preguntan sobre el papel que juegan los militares en estos momentos en Venezuela.

En nuestro país, el asunto, sin duda, es muy complicado, tiene sus propias peculiaridades. El fenómeno chavista, cuya caracterización ha devanado los sesos de muchos, no es de fácil comprensión para el común. Estamos frente a un régimen autoritario militarista, de corte fascista; en lo retórico socialista, de pensamiento totalitario y colectivista, dentro del cual podemos encontrar delincuentes, mafiosos y narcotraficantes. En Venezuela, presenciamos un Estado fallido y forajido en lo internacional; un gobierno arbitrario al margen de las leyes y la constitucionalidad, violador de los Derechos Humanos y repudiado por la comunidad internacional.

¿Es posible y deseable un golpe de Estado democrático en Venezuela, como los que estudió Varol?

Más allá de esas consideraciones académicas bien fundamentadas, muchos venezolanos siguen abrigando dudas y reservas sobre ese tipo de iniciativas en las que se corren no pocos riesgos. Lo cierto es que frente a la tesis en cuestión no se puede ser dogmático y caben excepciones a la regla. En Venezuela, las hemos vivido.

Emilio Nouel V.


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