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Chernóbil y Venezuela: las consecuencias de la mentira


Vie, 12/07/2019 - 08:07

Todos los Estados totalitarios niegan cada hecho que pueda dañar su credibilidad. Chernóbil, la peor catástrofe nuclear de la historia, y la crisis venezolana tienen como semejanza esa negación. Nada se dice, nada ocurre

 

Por: José Ferrer | @Jmigueferrer

 

La primera escena presenta a Valery Legasov. Solo se escuchan las grabaciones que realiza en la mesa del comedor. Se fuma un cigarrillo. Lo apaga. Luego finaliza sus registros, unifica la serie de cassettes y se dedica a botar la basura. Un agente del Comité para la Seguridad del Estado (KGB) revisa día y noche las acciones realizadas por Legasov y está a la expectativa ante la salida del hombre solitario. 

 

Legasov entra en un callejón, bota la basura y deja las grabaciones guardadas en un escondite. El agente no logra ver lo ocurrido. Al entrar nuevamente a la casa Legasov alimenta, con los restos de su cena, al gato que lo acompaña. Prende otro cigarrillo, realiza dos caladas y lo vuelve a apagar. Toma una silla, la coloca en el centro de la sala, se sube en ella y quiebra su cuello al guindarse de una cuerda colgada en el techo. 

 

Chernobyl (2019) es una miniserie producida por HBO que alude a la catástrofe nuclear del año 1986, que ocurrió en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), específicamente en Ucrania. Escrita por Craig Mazin y dirigida por Johan Renck.

La historia de Chernóbil, el territorio plagado de radiactividad en el cual nacen animales que miran a través de sus miles de ojos o caminan con siete patas la inmensidad de un espacio solitario, es un relato desconocido para la mayoría de las personas, pero representa el desastre radiactivo más importante de la humanidad.

 

Para las personas la compresión del drama ruso era casi intocable, pero el 6 de mayo, día que inició la miniserie, la explosión del reactor cuatro ocasionó que el entendimiento de esta tragedia se ampliara. Muchos, fuera de la Unión Soviética, se enteraron de la tragedia por televisión, aprendieron sobre la peligrosidad de la radiación, sin embargo, el entendimiento de la tragedia quedó escondido en los archivos del gobierno soviético. 

 

La URSS se diluye unos años después, el 8 de diciembre de 1991, con el acuerdo de separación firmado por los líderes de Bielorrusia, Ucrania y Rusia. Luego del fin de la Unión Soviética Chernóbil quedó enterrada. 

 

David Mcmillan. Director de fotografía de Chernobyl (2019)

 

Las grabaciones de la primera escena de la miniserie presentan las entrañas de la tragedia. “¿Cuál es el costo de las mentiras?”, refiere el primer diálogo expuesto. 

 

La mentira como política de Estado y su ampliación, hasta romper las bases de la verdad, alimentó el poderío de la tragedia, además de la negligencia humana de los encargados de la prueba de seguridad que terminó en un haz de luz radiactiva que irrumpió el cielo ucraniano. 

 

La ficción, aunque genere la mayor cantidad de símbolos fieles a lo real, sigue siendo una reducción del hecho. Partiendo de esto se estudian los símbolos utilizados para reflejar lo ocurrido y, también, la forma en que la ficción colabora en el relato. Mazin logra establecer un diálogo positivo entre la ficción y lo real. 

 

Tomando en cuenta el podcast que produce HBO sobre la serie -que acompaña cada capítulo de la misma con explicaciones, momentos y estudios para la grabación-, se puede avanzar en la comprensión del funcionamiento del drama histórico. 

 

El creador de la miniserie, Craig Mazin, en el primer episodio del podcast, explica la importancia del inicio de la serie junto a Peter Sagal, periodista de NPR (National Public Radio).

 

La explicación que brinda Mazin permite entender que al ser un hecho real el factor sorpresa se diluye, se pierde, entonces es inerte plantear el suicidio del científico más importante bajo un efecto de irrupción en el argumento de la serie. No iba a ocurrir. Cualquiera tendría la capacidad de investigar lo sucedido, por eso la dificultad argumentativa no recae en las posibilidades de sorpresa, sino en la fidelidad de los detalles sobre la realidad. 

 

David Mcmillan. Director de fotografía de Chernobyl (2019)

 

Para entender la relevancia de su suicidio se requiere conocer al personaje: Valeri Legasov. En el año 1986 era el subdirector del Instituto Kurchatov de Energía Atómica y también cumplía funciones en la Universidad de Moscú como jefe de Tecnología Química. Realizó estudios en el Instituto Mendeléyev de Química y Tecnología de Moscú y luego culminó sus estudios universitarios en el instituto Kurchatov de Energía Atómica. En el año 1967 finalizó un postgrado; cinco años después, obtuvo el grado de doctor en química. En 1982 se convirtió en partícipe de la Academia de Ciencias de la URSS y fue unos de los científicos llamados para solventar la tragedia en la central nuclear Vladímir Ilich Lenin. 

 

The vintage news.

Una de las primeras medidas que recomendó, en el año 1986, fue la evacuación de Pripyat, la localidad más cercana a la planta nuclear, acción que se ejecutó dos días después de la explosión. 

 

En la miniserie, durante la madrugada del accidente, Bryukhanov y Fomin, los responsables del funcionamiento de la planta, se reúnen con los participantes del partido comunista presentes en la comunidad de Prypiat. El mayor de los representantes, con canas alrededor de su prominente calva, arrugas demarcadas en su frente e interpretado por el actor británico Donald Sumpter, exclama al final de un intenso monólogo “Sellaremos la ciudad. Nadie sale. Corten las líneas telefónicas y detengan la salida de información”. Al igual que en la realidad, nadie logró salir de Pripyat por dos días y sus habitantes se enfrentaron a la mayor contaminación radiactiva experimentada en la historia de la humanidad. 

 

Autor: David McMillan | 'Crecimientoy decadencia: Prypiat y la zona de exclusión de Chernóbil' (Editorial Steidl).

 

Legasov se suicidó el 26 de abril del año 1988. Justamente dos años después de la tragedia. 

 

El poderío de la mentira sobre la verdad en los estados totalitarios

 

En Venezuela, con las diferencias pertinentes, el gobierno se ha encargado de enmascarar la realidad con su discurso ideológico. 

 

El 25 de agosto del año 2012 ocurrió la tragedia de Amuay. A las 12:35 am se produjo la primera alerta sobre una fuga de propano en el bloque 23 de almacenamiento de CRP Amuay. 

 

Los bomberos de Petróleos de Venezuela (Pdvsa) atendieron la situación y se dedicaron a acordonar la zona rápidamente, pero a las 1:07 am ocurrió la explosión por los gases acumulados durante la fuga. La onda expansiva alcanzó la población cercana de Amuay, propiciando el miedo entre los habitantes y obligándolos a desalojar el área. Fueron afectados nueve tanques del bloque 23 de almacenamiento por las llamas que comenzaron a consumir los tanques 200, 203 y 204. Este último fue apagado el 28 de agosto, tres días después de la explosión, porque el tanque se vació con las llamas.

 

Foto cortesía.

 

En ese momento el presidente de Venezuela era Hugo Chávez, quien, sin titubear, exclamó: “El show debe continuar”. Se enmascaró la tragedia bajo el discurso del sabotaje, pero en realidad, al igual que en Chernóbil, la explosión y el escape de gases ocurrió debido a la falta de atención a los procesos de seguridad pertinentes, a la falta de mantenimiento de los tanques de almacenamiento y a la desidia al controlar una refinería petrolera que, desde su unión con la Refinería Cardón y la Refinería Bajo Grande completando el Centro de Refinación de Paraguaná (CRP), se transformó en uno de los complejos de refinación más grandes del mundo. 

 

 

Las víctimas de las tragedia fueron llevadas a los hospitales cercanos y en la mañana siguiente el gobierno venezolano anunció que la situación ya estaba controlada, pero uno de los tanques seguía ardiendo, seguía expulsando gases contaminantes y seguía consumiéndose. 43 fueron las víctimas, según cifras oficiales, luego de lo ocurrido en Amuay. La muerte llegó para consternar la tranquilidad del pueblo costero. Fueron 153 los heridos que llevarán toda su vida la marca de una tragedia. 

 

David Fernández. EFE.

 

El poeta venezolano Willy Mckey, ganador de Concurso Nacional de Poesía Rafael Cadenas, visitó el pueblo desolado de Amuay después de la tragedia y escribió en su poema Canto 14: “ Y la efímera verdad que hay tras lo combustible/ es un monstruo que se come todas las verdades”. En esta frase se resume la creación de la “verdad efímera”, que no existe, que se diluye con el tiempo hasta desaparecer de la faz de nuestras palabras y ayuda a construir el discurso del gobierno. 

 

Si bien es importante resguardar las distancias pertinentes entre una tragedia y otra; es necesario reconocer las semejanzas y las diferencias en los procesos de funcionamiento del comunismo del siglo XX y el socialismo del siglo XXI. 

 

El territorio de Chernóbil está condenado a morir en una soledad boscosa y la radiación esparcida durante horas provocó más que 32 muertes en los primeros tres meses luego de la explosión. Es incalculable la afectación que tuvo este suceso en la salud de una población que reúne a Ucrania, Bielorrusia y Rusia. En Amuay fueron 42 muertes, pero las respuestas gubernamentales ante este tipo de tragedias tienen una semejanza: la negligencia, además de establecer un discurso específico para tratar el suceso. 

 

En el año 2012 el ministro del Poder Popular de Petróleo y Minería y Presidente de Pdvsa, era Rafael Ramírez. El ex funcionario en la actualidad se encuentra fuera del país, abogando por el fin del “madurismo” y por el retorno al “primer chavismo”, época en la que ocurrió la tragedia.

 

Para el “zar del petróleo”, como era conocido cuando era presidente de Pdvsa, Ramírez declaró en una entrevista para la BBC, que sus diferencias con Maduro comenzaron porque no hizo caso a sus recomendaciones. 

 

“No entiende. Desde el primer día quería que le entregara Pdvsa y le dije que no. Le dijeron que yo quería ser presidente y no podía permitir eso, y por eso me sacó del país a Naciones Unidas”, agregó. 

 

El año en que ocurrió la explosión Ramírez exclamó, luego del accidente: “El único que garantiza los intereses de la patria es el presidente Chávez. Y los petroleros estamos resteados, nuestro espíritu de combate no se rinde. Esta derecha es la misma del sabotaje petrolero, es por eso que los ataques mediáticos nos fortalecen  para dar continuidad a nuestros procesos”.

 

La figura de Chávez, aquel que había dicho tras la llama ardiente del bloque 23 que el “show debía continuar”, es imprescindible en la voz de Ramírez. 

 

El país actualmente padece la decadencia del sistema eléctrico, de las horas de oscuridad que se ciernen sobre la mayoría de la población y, aunque las razones son la consecución de la corrupción y la falta de mantenimiento, el gobierno alimenta sus excusas de “sabotaje extranjero”. 

 

Aunque en las calles se ejemplifican los residuos de políticas económicas decadentes y miles de personas están recogiendo los restos de la basura, el régimen de Nicolás Maduro sigue empleando el discurso de la “guerra económica”.

 

Las gasolineras en el interior del país se caracterizan por tener cientos de carros en fila y la producción petrolera se ha desplomado hasta 732.000 barriles diarios, según las estimaciones publicadas en el mes de abril por la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), cuando la producción alcanzaba los 3.000.000 de barriles diarios, pero el gobierno sigue denunciando una intervención extranjera. 

 

El sociólogo Trino Márquez, profesor de Universidad Central de Venezuela (UCV) y doctor en Ciencias Sociales, explica para  El Diario de Caracas el contexto en el que un gobierno totalitario establece su hegemonía comunicacional.

 

“La población, en primer lugar, está desinformada. Se encuentra sumida en la ignorancia. Eso ocurrió en la Unión Soviética con el caso Chernóbil. La información de lo que estaba ocurriendo primero se conoció en Europa y, posteriormente, cuando ya no quedaba más remedio, se difundió en el territorio soviético. La población ignorante es fácilmente manipulable. Se le puede confundir y engañar. Es lo que vemos en Venezuela”. 

 

Delcy Rodríguez, quien ocupa el puesto de vicepresidenta del régimen, exclamó cuando se juramentaba, en el año 2017, como presidenta de la asamblea nacional constituyente: "En Venezuela no hay hambre, en Venezuela hay voluntad (...) aquí no hay crisis humanitaria, aquí hay amor". La enunciación de lo que ocurre, el hecho narrado de lo que es posible ver en las calles, permite la perduración del hecho y esto es lo que el gobierno de Nicolás Maduro trata de socavar. Nada se dice, nada ocurre, nada pasa.

 

El coordinador fundador de la Carrera de Economía y profesor de la Universidad Simón Bolívar (USB), Daniel Varnagy, indicó para El Diario de Caracas que “en los sistemas socialistas y comunistas la opinión pública es enemiga, debido a que la opinión pública se relaciona directamente con la libertad de la población”. 

 

En los Estados que alimentan su poder con la hegemonía de los medios comunicacionales la opinión pública es un enemigo invisible que destruye el discurso ideológico. 

 

“Revelar la verdad significaba revelar la debilidad de los elementos del Estado”, agregó el profesor Varnagy. 

 

En el caso de Chernóbil, la difuminación de la información fuera del matiz del discurso estatal, al ser la URSS un Estado militarista, generaría desconfianza en cada elemento. No solo en la industria nuclear, sino en la industria militar, gubernamental e ideológica. 

 

“No se publicaban los hechos, sino la opinión política de los hechos”, agregó Varnagy.

 

Entre el siglo XX y el XXI hay una diferencia que dificulta la comparación: la comunicación se ha expandido. Cada quién tiene el poder de enunciar su opinión desde el teléfono o la computadora, a través de las redes sociales, pero el discurso autoritario se nutre de las modificaciones y adapta sus procesos. 

 

“El Estado no clausura las redes sociales porque son una liberación emocional, no objetiva”, explicó Varnagy. 

 

El régimen de Maduro, en su representación autoritaria, no clausura la globalización comunicacional porque reconoce que lo dicho en las plataformas de internet representa una liberación emocional, atada a la necesidad y no a la racionalidad. Es decir, se enuncia lo ocurrido pero no se ahonda en la situación y, en consecuencia, ese hecho se transforma en un elemento superficial. Además, la liberación emocional de la población en un medio masivo dificulta la capacidad de respuesta ante los aparatos represivos del Estado. 

 

Aunque el proceso de hegemonía comunicacional es más complicado en la actualidad por el uso constante de redes sociales, donde los procesos nacen del individuo y no de una estructura de poder, un gobierno totalitario utiliza todos los medios a su alcance. 

 

“Antes eran la prensa escrita, la radio y la televisión, además del sistema educativo y cultural. Ahora, con la revolución tecnológica, se han incorporado nuevos dispositivos al aparato comunicacional: Twitter, Facebook, YouTube. El régimen controla casi todo el espectro radioeléctrico”, señaló Trino Márquez

 

Los medios se pueden extender y modificar, crear necesidades comunicativas distintas, pero siempre pueden someterse a los aparatos del Estado. 

 

El régimen de Maduro utiliza dos medidas: reduce la funcionalidad de la comunicación al mínimo a través de apagones y produce fallas en los sistemas de internet y telefonía, reduciendo la información global y brindando sólo la noticia plagada del discurso totalitario, o se adapta a los medios de difusión y crea matrices de opinión en las redes sociales, como Twitter, Facebook o Instagram. 

 

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New York Times.

 

La verdad, aunque está ligada con lo real, tiene distintos tratamientos. Cuando un hecho como Chernóbil o Amuay ocurre en un Estado totalitario representa el descalabro de dicho poderío gubernamental; por ende, tiene que enmascarse con el discurso que, aunque se puede pensar como efímero, es más perdurable que la acción visible. Ambos gobiernos, con sus diferencias, tienen otra semejanza perdurable: la negación de la verdad. 

 

Cuando lo que ocurre está intervenido por el discurso se reconfigura. Se podría creer que lo real es inamovible y construye una relación total con el individuo, que nadie podría ser capaz de negar algo que es visible y palpable, que se siente, se huele, que se adentra en lo más profundo de la percepción, pero no, lo real puede diluirse a través de su negación y los distintos tratamientos de esa verdad se diferencian a partir de las estructuras de poder que enuncian lo que ocurre. 

 

El régimen de Maduro se encargó, al igual que la URSS y todos los gobiernos totalitarios, de dificultar el trabajo periodístico, de cercar la libertad de expresión y de crear organismos que reduzcan el hecho a una sola línea discursiva, pero como dice Valery Legasov, interpretado por el actor británico Jared Harris, en el último monólogo de la serie: “A la verdad no le interesa lo que necesitamos, ni lo que queremos. No le importan nuestro gobiernos, nuestras ideologías, nuestras religiones”. 

 

Aunque se trate de resguardar bajo los límites del discurso, aunque se reduzca a la variabilidad de la mentira, siempre está ahí. Y las tragedias como Chernóbil o Amuay ocurren cuando la gente se olvida de ellas, cuando se está tan inmerso en la marejada de la negación que no se espera la aparición fugaz y esclarecedora de la verdad. 

 


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