Manuel Malaver: Los últimos días de Chávez

Publicado el Domingo, 10/March/2013

Aunque jamás sabremos lo que pensó, habló o escribió Hugo Chávez en los 84 días en que esperó a la muerte en quirófanos de La Habana y Caracas, puede intentarse, razonablemente, aproximarse a las ideas que pasaron por aquella mente siempre despierta y presta a divagar sobre su destino, su rol en esta u otras vidas, el futuro que aguardaría a su proyecto y a sus seguidores y el por qué había terminado entre aquellos olores a cloroformo después de haber soñado con liberar a Venezuela, a América y el mundo.

¿Por qué aun no se conoce un informe o historia médica del comienzo y fin fatal de su enfermedad? Foto AFP

No era una mente simple, Chávez, por más que una cadena de derrotas que sorpresivamente convirtió en victorias le abrieron un escape a la mentalidad mágico religiosa que fue en realidad su sello más personal y característico, y le forjaron una ilusión de invencible que lo llevaron a trazar sus tiempos políticos en términos de cifras casi cincuentenarias.

Creyó, en consecuencia, que sus períodos presidenciales podían extenderse hasta el 2021, el 2030, o el 2040 ( fecha en que se acercaría a los 90 años) y se solazaba soñándose como un anciano feliz, rodeado de familiares, amigos, seguidores y millones de venezolanos que, agradecidos, lo llamarían el “taita”, el “tío” o el “abuelo” Chávez.

En otras palabras, que jamás pensó en entregar el poder, ni dejar la silla y el solio presidenciales, los símbolos que lo transfiguraban en el tótem o caudillo de una tribu siempre obediente, siempre obsecuente, según era la adicción que había tomado por el control y el mando que hacía consustanciales con los años que Dios se dignara tenerlo en este mundo.

Pero ahora estaba ahí, tendido en una cama, y en un cuarto frío, muy frío, siempre en un pre o un post operatorio, muy bien cuidado, eso sí, entre médicos cirujanos que en un comienzo lo habían inundado de esperanzas, pero que ahora, cuando ya iban por la cuarta operación, no dejaban decirle con los ojos que sus días estaban contados.

Y si estaban “contados” había que aprovecharlos, entonces, en los pensamientos, sueños y dudas que nunca dejaron de perseguirlo, de acosarlo desde que se enfermó.

Una en especial lo escaldaba: ¿Por qué nunca dejó, o habían dejado, que lo atendieran médicos venezolanos y en Venezuela? Porque le constaba que habían muy buenos y reconocidos en Caracas y otras ciudades del interior, en magníficas clínicas y hospitales, y sin embargo, se desechó su opinión que siempre hubiera sido muy profesional, amistosa y cálida y se prefirió a una medicina política e ideológica como la cubana.

Un nombre y una imagen pasaron ante sus ojos, los del médico Salvador Navarrete, quien lo atendió una vez como cirujano de palacio y era, al parecer, muy cercano a su familia, y llegó a expresar su preocupación por el diagnóstico de su enfermedad y tratamiento, pero al cual se mandó a callar y contradecir con unos médicos chimbos que deben estar muy tranquilos, mientras Navarrete se fue al exilio.

“!Qué vaina con la medicina política e ideológica!” puede que pensara en una de aquellas noches solitarias en que despertaba de una sedación de horas o días. “Siempre esperando la opinión del partido o de Fidel o Raúl para atreverse a dar los resultados del examen o el diagnóstico. Y si sabían tanto ¿cómo me han traído hasta aquí, a la cuarta operación? Si le hubiera hecho caso a Lula, al fraterno Lula. “En Sao Paulo te curan Hugo, te lo juro” y se besó los dedos índice y pulgar en un gesto que le quedó muy bonito. Mi amigo, mi hermano, Lula y no le hice caso, no dejaron que le hiciera caso.

Las ideologías… nunca me gustaron, y si dije una vez que era marxista fue por decir algo. Mi natural me llevaba a la religión que es la cristiana y católica, que aprendí de mis padres, y era la de Bolívar, la de Zamora, la de mi abuelo, Maisanta: “!Maisanta, que son bastantes!” y se agarraba el escapulario de la Virgen del Socorro. En realidad, nunca entendí y me aburrían esos ladrillos marxistas que me leía Giordani, (y, aquí entre nosotros, creo que él tampoco los entendía). En cambio que el “Sermón de la Montaña”, o “El Apocalipsis de Juan”…!qué lecturas más comprensibles y fascinantes!.

La ideología me perdió, porque me hizo cometer pecados contra enemigos que nunca tuve y con los cuales pude avenirme y conciliarme para el bien de todos y de Venezuela. Pecados que me condujeron a la soberbia, a la hubrys griega que después debía pagar en vida con el desplome de mis castillos de arena.

Ahora tendré que dar cuenta de ellos, y frente a los poderes Eternos y Omnipotentes, solo me queda aspirar al perdón que procura el arrepentimiento.

¿Lo peor de las ideologías? Creer en realidades que no existen, porque así lo imponen los dogmas de una teorización seca y abstracta, sin alma”.

“Es verdad que cometí desarreglos” se dijo otra noche “Que violé indicaciones y tratamientos por creerme invencible e irme a hacer política a Caracas, a Venezuela, a mi patria, pero nadie me advirtió que no lo hiciera, además, si no lo hacía a esos muchachos los hubieran sacado del poder a sombrerazos. Lo juro y hago la señal que me hizo Lula.

Las elecciones, creo ahora, que fueron en especial mi gran error, pero pudieron no serlo si de verdad, desde el principio, hubiera contando con otros equipos médicos, otros tratamientos y otros hospitales. Porque ahí están Dilma, Lula, Lugo y Santos, a quienes el cáncer no les ha impedido continuar haciendo política”.

Pero había otras dudas, preguntas, e incertidumbres que lo acosaban, que lo perseguían, y todas tenían que ver con el aislamiento, el encierro y enclaustramiento que sufría en el CIMEQ de La Habana desde que llegó en la tarde del 11 de diciembre a hacerse la fracasada cuarta operación. “¿Por qué” se interrogaba “me han aislado del mundo, de mi familia, de mis queridas hijas y nietos a quienes solo puedo ver automática, telegráficamente? Pero si hasta Nicolás, Elías, Rafael, pasan por aquí como de carrera y a explicarme decisiones que han tomado y que no entiendo muy bien.

¿Quién o quiénes toman las decisiones, con qué objeto o cuáles fines? ¿Quién o quiénes me suplantan y hablan y hacen en mi nombre?, son preguntas que me acompañarán hasta el final y que seguramente me llevaré sin respuestas?
“Cristo, mi Señor y Redentor Jesucristo, es ahora mi único médico, tratamiento y medicina y me encomiendo a su infinita misericordia para que decida que será de mis días y dónde transcurrirán, sea para vivir o para morir.

Nicolás, Rafael, Elías, Cilia, llévenme a mi tierra, a mi Venezuela, a sus olores, a sus sabores, a sus sonidos, a mi gente, a mi pueblo, siempre alegres, siempre sonrientes y dispuestos a emprender los caminos que se presenten para alcanzar el bien del amor y la solidaridad.

Pero como sentimientos cristianos, de los que se leen en el “Sermón de la Montaña”, y no como reflexiones ideológicas frías y desalmadas que tanto conducen a la soberbia y la vanidad”.

El presidente Chávez regresó a su tierra, a Venezuela, el 18 de febrero pasado, no se sabe en qué condiciones, y si aun permanecía rodeado del férreo anillo de la seguridad cubana, y del equipo médico que tan poco hizo por su salud y su vida.

Tampoco, si llegó a sentir las brisas del Ávila, los olores de los cerros y valles de Caracas y el habla de los hombres y mujeres de Venezuela que tanto lo animaron a emprender y consolidar su carrera.

Mentalmente si es posible que recordara y entonara las músicas con las que nació y convirtió en elemento esencial de sus días, de sus años.

Paradoja sin par e inmensurable: el hombre más extrovertido, abierto y con más horas de exposición en los medios audiovisuales e impresos del país, murió en absoluto silencio y rodeado de misterios e interrogantes que solo el tiempo, el acucioso tiempo, nos ayudará a descubrir y dilucidar.

Entre otros: ¿Por qué se le mantuvo durante 84 días escondido a la presencia y mirada del público, sin una foto, grabación o imágenes que revelaran su estado físico y mental?

¿Por qué no se le permitió escribir su testamento político de modo que el país y sus seguidores conocieran que cambios se habían operado en su mente durante los terribles últimos 84 días?

¿Por qué aun no se conoce un informe o historia médica del comienzo y fin fatal de su enfermedad?

¿Dónde murió, en La Habana o en Caracas, y que cerebro macabro concibió el espectáculo infame de su embalsamiento o momificación?

¿Y la autopsia? ¿Es posible que nunca se de a conocer el documento que testifique las causas de su final y deceso?

Manuel Malaver

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