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No eran médicos sino náufragos del hambre: otra tragedia en Venezuela


Vie, 19/05/2017 - 18:14

Dijeron que eran médicos venezolanos que habían ido a Trinidad y Tobago a comprar medicinas para sus pacientes. Que, a su regreso, tres de ellos habían muerto en Altamar y a los sobrevivientes los habían llevado a Güiria, en el estado Sucre, al oriente de Venezuela. Y que la embarcación en donde venían había zozobrado al encontrarse con un derrame de petróleo.

No eran médicos sino náufragos del hambre: otra tragedia en Venezuela

Eso se decía.

Pero a media hora de Güiria, en Irapa, Gloria Montaño sabe que eso no es del todo cierto, porque entre los fallecidos está su hijo.

El 9 de mayo, cuando la noticia fue publicada por un periódico de Trinidad y reproducida por medios venezolanos, habían pasado ocho días desde que Gloria había enterrado a Jesús Manuel. Y 12 días de esa larga noche del viernes 28 de abril, en la que nadie durmió en Irapa, angustiados por saber de las seis personas que iban en el bote. El viaje no debía tardar más de cuatro horas y los esperaban de regreso esa misma noche.

Algo tenía que haberles sucedido.

A la mañana siguiente, grupos de hombres tomaron sus peñeros y salieron en expediciones hacia el mar hasta que, a las 5:00 de la tarde del domingo 30 de abril, hallaron el cuerpo sin vida, envuelto en petróleo, de Mariana Revilla, la única mujer y la única médico del grupo. Igual que Jesús Manuel Bello Montaño y Luis del Valle González Barceló, se había ahogado en aguas trinitarias luego de naufragar durante 43 horas.

A través de una fotografía almacenada en su teléfono móvil, Gloria que muestra la imagen de Jesús Manuel, su segundo hijo, un joven de 29 años que alternaba su trabajo de mototaxista con la de revendedor de alimentos. A eso salió ese jueves de las playas de Irapa: a comprar comida y unos paquetes de Ursobilane de 300 miligramos, la medicina que debía tomar su hermano para tratarse una hepatitis que le quedó como secuela del paludismo.

Un pueblo detenido en el tiempo

Irapa es un pueblo de 22.000 habitantes con casas coloniales de paredes envejecidas y calles rotas. Parece de otro siglo. Hay palmeras muy altas y de tronco delgado. Su gente se ve fuerte, pero melancólica. No parecen vivir, sino resistir. No hay mayor cosa a la que dedicarse para sobrevivir sino pescar camarones, sembrar cacao y algunas verduras, o ser empleado de la Alcaldía de Mariño o de la Gobernación de Sucre.

Comprar alimentos en Trinidad y Tobago es una práctica habitual desde que comenzó la escasez de comida, en el 2011. El pasaporte de Jesús Manuel tiene el sello de unos 30 viajes desde junio de ese año. Los hacía para comprar los alimentos de la dieta básica y, a veces, productos como pañales para la bebé de Manuel, su hermano mayor.

En el barco traían un cargamento de harina de trigo, arroz, azúcar y aceite, valorados en 73.000 dólares tití, la moneda trinitaria, lo cual equivaldría a 10.875 dólares americanos. La comida estaba destinada a abastecer panaderías, pequeños supermercados asiáticos y tarantines de comerciantes informales. Cumaná, la capital del estado, queda a cinco horas por carreteras llenas de baches.

Gloria lo dice con ese tono de voz que indica que la resignación no ha tocado su alma.

–Esta crisis y el hambre, la falta de alimentos, llevó a Jesús y a muchos otros jóvenes a lanzarse al mar a buscar comida y la oportunidad de ganarse la vida.

Fuente: Yahoo

PS


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