Política y suicidio


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Mar, 23/04/2019 - 20:51

“El suicidio es el último acto de una persona libre” escribió Séneca. Y consecuente, procedió a quitarse la vida. El arte, basado en una pequeña estatuilla de mármol negro, lo ha retratado de pie sobre una suerte de bañera, acompañado de quienes le facilitan la faena. Murió desangrado.

Albert Camus, el Nobel de literatura francés autor de esa extraordinaria novela que llamara La Peste, no se suicidó, aunque pensador de gran hondura intelectual consideró que, en rigor, el único problema filosófico serio era el suicidio. En 1897, el sociologo francés Emile Durkheim publicó el primer trabajo científico sobre el tema, atendiendo a sus causas psicosociológicas. Es un clásico. Aunque ninguno de ellos acierta en la clave de su comprensión, porque probablemente el suicidio radique en un terreno ajeno a la racionalidad. O, por lo menos, a la lógica. ¿Tan terrible, cruel y espantosa puede ser la existencia como para decidir privarse de la única vida que nos es dada?

El enigma le estalló en las manos a los chilenos ese aciago 11 de septiembre, cuando el asediado presidente Salvador Allende, vitalista, bon vivant, bien humorado y mujeriego, capaz de vivir una vida apasionada e infatigable tras el empeño de conquistar la presidencia de Chile a la que aspiró en tres ocasiones sucesivas y para cuya conquista estuvo dispuesto a cambiar sus más profundas convicciones democráticas – no era un revolucionario profesional, era un demócrata integral – prefirió dispararse una ráfaga de su fusil ametralladora antes que entregarse a las tropas que asaltaban el palacio presidencial tras someterlo a un inclemenete bombardeo por tierra y por aire.

No era un caso sorprendente ni inédito en la historia de Chile. En 1891, encontrándose asilado en la legación argentina tras ser derrotado por los infaustos hechos de una guerra civil, el presidente José Manuel Balmaceda se quitó la vida disparándose un tiro en el corazón. En un acto de hondo simbolismo político lo hizo cubierto con la bandera chilena y precisamente el día en que vencía su mandato: el 18 de septiembre. Su suicidio se convirtió en una suerte de imperativo categórico moral de la política nacional: antes el suicidio que la deshonra.

Tampoco era un expediente original: el suicidio está tan profundamente inserto en la cultura nacional, que Violeta Parra, una de las más eximias expresiones de la chilenidad, se suicidó luego de componer uno de los más hermosos himnos a la vida de Occidente: Gracias a la vida. De regreso de Alemania, pocos años después de su muerte y ansioso por recuperar las trazas perdidas de mi nacionalidad solía escuchar con mis audífonos, para no molestar a mis padres que me alojaban, un programa radial muy popular dedicado a narrar los sucesos acontecidos durante el día. Me impresionó la cantidad de suicidios, sobre todo de campesinos, hombres y mujeres, que se colgaban en sus campos de las ramas de un árbol.

Carezco de la debida información acerca del suicidio en Venezuela. Pero la absoluta ausencia del sentido trágico de la vida, tan corriente en la tradición española, tan unaminiano, y tan arraigado en el Chile triste y nerudiano, pero tan inexistente en la Venezuela caribeña y hedonista, me hace suponer que no sea una práctica corriente. La muerte, hecha ya habitual y cotidiana bajo las carencias, abusos y tropelías de una tiranía tan absurda, antinacional e invasiva como la del castrocomunismo impuesto gracias a la innoble traición de sus fuerzas armadas, se ha convertido casi que en un hecho banal.

De allí el impacto que nos causa a los venezolanos el suicidio de Alán García. Un gesto absolutamente ajeno a la práctica política de las dirigencias nacionales. Me causó hilaridad la aprehensión con que Fidel Castro conminó a su socio menor, Hugo Chávez, a no seguir el ejemplo de Salvador Allende quitándose la vida el 11 de abril de 1992, cuando fuera conminado a dejar el Poder. “Lo cual aceptó”. Como si Hugo Chávez hubiera tenido una pizca de la ética existencial, la grandeza política y el coraje del prócer chileno. Y sus fuerzas armadas hubieran tenido la verticalidad y la decisión de las comandadas por Augusto Pinochet como para fusilarlo por traidor a la Patria. Hizo Chávez lo que se avenía con su naturaleza: negociar su vida como un buhonero y arrastrar en su complicidad a los militares encargados de custodiarlo. En la duda, reclamó el auxilio de Baltasar Porras. Y juró someterse a la institucionalidad en castigo a la traición que lavaba junto a sus calzoncillos, un crucifijo de ocasión en las manos.

Ante el suicidio de Alán García, no dudo en preferir la entereza de Carlos Andrés Pérez, que aceptó las humillaciones de una justicia pringada de golpismo y ánimos de venganza, sólo porque confiaba en la verdad. Se equivocaba, que la verdad no era el principal alimento de una justicia venal ni la brújula moral de una clase política tan corrompida, que le siguió el juego al golpismo expulsándolo de su partido. Como el verticalismo no es nuestro principal atributo, muerto en el exilio fue velado de regreso a su Patria en la sede de su partido, por los mismos que lo habían expulsado. Eso es la moral en Venezuela: un pañal de uso múltiple. @sangarccs

Antonio Sánchez García


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