El analfabetismo y la ignorancia galopante


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Mar, 12/06/2018 - 20:02

Cuando se piensa en la situación país y las consecuencias de cómo repercute en la calidad de vida de sus ciudadanos, la inmediata referencia es: hambre, miseria e inseguridad.

Obviamente, son las causas de mayor impacto en el día a día de los venezolanos. Y de ahí que sea allí, en ese conjunto de motivos, en los cuales se aprecie la mayor dedicación, el esfuerzo inmediato.

Se trata de problemas existenciales propiamente dicho, y de satisfacer necesidades.

En atención a dicho propósito, hacen colas interminables. Bien para comprar unos pocos alimentos entre lo que se consigue. También permanecen encerrados en sus hogares a partir de las 6 de la tarde. Para huirle a la poderosa e impune hampa. 0 para tomar el aliento suficiente que permita, después de encomendarse a Dios y a todos los Santos, deambular entre farmacias en procura de un medicamento oportuno contra una patología viral. 0 de un paliativo, cuando se trata de aliviar la dramática penuria de un familiar enfermo. Peor aún, si se trata de hacerle frente a un padecimiento de mayor gravedad: cáncer, trasplante de órgano, daño cardiológico, diálisis, HIV y muchos otros exigentes sufrimientos orgánicos.

La salud del venezolano, en realidad, ya no es asunto del Estado. Es un problema del enfermo y de sus familiares. En situaciones normales, dolencias y muchas enfermedades se podrían sanar. Inclusive, el enfermo podría recuperar su normal tránsito por la vida. Bien por encontrar una oportuna y debida respuesta en un centro de salud pública. 0 porque las redes de clínicas privadas pudieran convertirse en la alternativa donde se ofrezcan posibilidades de asistir en el tratamiento adecuado. Pero ya nada es posible en uno o en otro sitio.

En el primero, porque depende de una gestión pública que insiste en ocultar su deficiencia e incompetencia, mientras apela a mentiras y a falsas interpretaciones de lo que sucede, y que el resto del mundo identifica como crisis humanitaria. El otro debido a que la monopolización del uso de las menguadas divisas provenientes del negocio petrolero, sencillamente, se administran, precisamente, en respuesta a lo que determina el proceso monopolizador. No en respuesta a lo que necesitan el país y sus habitantes.

Esa dramática situación conforma el día a día de la vida ciudadana en suelo venezolano. Un problema que, si se quiere, se podría solucionar con cierta inmediatez. Pero hay que resolver el problema económico. Y para que eso suceda, la impresión que predomina en la colectividad es que no será posible si la fuerza rectora que puede hacerlo, sigue siendo la misma que hizo lo indecible para traer al país y a su gente al lugar donde hoy se reposa hasta que el hoy pierde sentido, o se muere.

Hay otra parte de venezolanos que también administra sus sinsabores apostando al nuevo riesgo: el de ya no estar en el suelo donde sembró su presencia y su futuro. El de los que decidieron irse; aventurarse. Salir a la conquista de la luz que la niega el oscurantismo y la oscuridad nacional.

A ellos, se les ubica e identifica a la par del mayor daño al país. También el de llevar en sus maletas y sobre sus hombros lo más difícil de resolver: la ausencia. Las grandes bombas de carga profunda que representa la estampida masiva de ciudadanos; los hacedores de una diáspora que huyen a otros destinos.

Se dice que cada día son más y más. Se estima que los emigrantes son 5 millones. Mitos, cuentos y afirmaciones cuidadosamente descriptivas afirman que, al menos, 2 millones son estudiantes. Así se les identifica. Y se afirma que eran y ya no son, porque tan sólo se dedican a trabajar en lo que sea -o se pueda- debido a que lo importante es subsistir. Asimismo, habría no menos de un millón de profesionales en las más inverosímiles especialidades. Y se les identifica porque conforman el contingente de los que son recibidos con puerta franca en otros países, al representar al individuo formado y útil en el proceso de la producción y el ejercicio inmediato del país receptor.

Se trata de los que, ciertamente, son recibidos con los brazos abiertos. De los graduados. De los bien formados académica y profesionalmente. De los que han terminado convirtiéndose en el bien más preciado, competitivamente. Mejor dicho, de los investigadores, docentes, profesionales que, por obra y gracia de una deplorable gestión gubernamental en Venezuela, han terminado convirtiéndose en la mano de obra que los países receptores ya no deberán formar. Pero sí darles la oportunidad para que pongan su aprendizaje, sabiduría y calidad profesional al servicio de quienes les ofrecen la oportunidad de hacerlo.

Asimismo, el ciclo del análisis y de la indagación sobre los que han migrado, se cierra con la apreciación de que hay otros 2 millones de ciudadanos venezolanos que, sin preparación específica, se entregan al destino del riesgo.

Tal riesgo, por supuesto, es el que describe ACNUR, cuando los identifica como refugiados, y hace posible que la Unión Europea destine 40 millones de euros para que se les dispense atención, amparo, protección, trato humano. Se trata de ese contingente convertido en carga social para los países en donde se hacen presentes, “con una mano delante y otra atrás”, ofreciendo su voluntad para hacer “algo”, aun sabiendo que su condición no les permite otra cosa que optar por lo que ya no es posible conquistar en su Patria: alimentarse.

Desde luego, es el rostro de la Venezuela cuyos ingresos petroleros ya no hacen posible ni alimentar el populismo funcional en los procesos electorales.

Los estudiantes y profesionales que se han ido, y los que continúan saliendo, conformaban una parte importante del presente y futuro del desarrollo del país. De igual manera, los restantes 2 millones eran de vital importancia para el país de las oportunidades, por ser muchos de ellos mano de obra calificada y obreros necesarios para resolver problemas rutinarios.

Lo cierto es que toda esta situación económica, así como la diáspora, están ocasionando un profundo daño a lo más importante del futuro del país como es su sistema educativo y la calidad del mismo. El altísimo costo de la vida en relación a los míseros ingresos de educadores y profesionales, por igual, ha obligado a una renuncia en masa del plantel docente. Además, ha impulsado un doloroso e indignante ausentismo estudiantil. En ambos casos, cada uno, cada grupo, desde luego, no ha hecho nada distinto a lo obvio e inevitable: solucionar su precaria situación familiar.

Los colegios han tenido que aumentar el costo de sus matrículas para cubrir gastos hiperinflacionarios. Y, en muchos casos, han recurrido a solicitar suplencias voluntarias de parte de profesores jubilados o retirados, como a padres y representantes dispuestos a ocupar vacantes, al no conseguir docentes disponibles en el mercado.

En cuanto a lo que sucede con las Universidades, el plantel estudiantil y docente ha mermado drásticamente, tanto por la diáspora como por la situación económica. Cada profesor universitario, definitivamente, es un digno formador de futuro. Un héroe venezolano que, con grado y credenciales docente, imparte enseñanza académica por un salario de tan sólo $5 al mes. ¿Cómo convencerle que su futuro no será otro que vivir del trágico cambio de enseñanza por hambre familiar y deshonra académica?.

Los responsables de esta peor tragedia venezolana, por supuesto, tienen nombres y apellidos. Suman a su propósito destructivo el efecto de un comportamiento ajeno a lo que equivale honrar el ejercicio de la responsabilidad primordial de cualquier gobierno: formar a su ciudadanía. Convertirla en la antítesis de la involución y del primitivismo, en momentos cuando la tecnología y las telecomunicaciones avanzan en el resto del mundo.

No atender y hacerle frente a estas otras causas del proceso regresivo que asfixia a la nación, equivale a incurrir en otra variable de los delitos de lesa humanidad que se les imputan a los que, sencillamente, se les olvidó por qué y para qué es la gobernanza

Incumplir con los propósitos, no honrar las obligaciones del ejercicio administrativo del Estado, se traduce en daño profundo para la familia y el resto de los connacionales; en llevar al país a subsumirse en un caldo de miseria y de ignorancia; de atraso prolongado y peligrosamente irracional.

Alguna vez se convirtió en emblema nacional un grito que hizo de la enseñanza y del aprendizaje, el propósito de varias generaciones: " MORAL Y LUCES SON NUESTRAS PRIMERAS NECESIDADES". ¿Qué fin traduce y persigue desconocerlo, ignorarlo, condenarlo al olvido?. Quizás naufragar entre necesidades; claudicar ante la dura crisis de lo moral. Echar por la borda 200 años de requerimientos para ser un país distinto.
Egildo Luján Nava
Coordinador Nacional de Independientes Por el Progreso (IPP)


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