El “Patriómetro” en Tiempo de Lluvias


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Mar, 10/07/2018 - 23:00

Existe una acepción convertida en expresión colectiva, según la cual la vida no es una fácil posibilidad. ¿Quién te dijo que vivir es fácil?. Se escucha preguntar entre conversaciones rutinarias o familiares. Y, por supuesto, cualquier respuesta es válida, como absurda, dependiendo de ese legítimo derecho al que puede apelar “todo vivo”, cuando trata de evaluar en qué consiste la dificultad existencial al que lo condujo el señalamiento inicial del presunto problema.

Asimismo, si dicho costo implica un asunto de inversión, de satisfacciones frustradas, o, sencillamente, de tener que asumir desasosiegos, incomodidades, molestias, si es que el asunto está relacionado, además, con el hecho de nacer en un sitio determinado

Nacer allí, crecer allí, desarrollarse allí y, desde luego, tener que “cargar” con lo bueno y malo con lo que el “vivo” se topa, convierte el hecho de estar con la irremediable alternativa, entonces, de que familiares, amigos, allegados y los llamados líderes o dirigentes, se permitan pretender -porque no es un derecho que les asista- que el hecho de vivir pueda ser más o menos costoso.

Si, por ejemplo, Usted nació en Venezuela y decidió mantenerse sobre el suelo de ese sitio, es de suponer que si le dijeron desde el destete que goza de la posibilidad de ser “rico” de cuna, ya que Dios es venezolano y sus bondades universales se tradujeron en hechos providenciales, ¿cómo es eso que, de repente, ya no es más “rico”, sino un pobre de solemnidad?.

Pero, además, ¿que lo es por no haberse ocupado de evitar que eso sucediera, al permitir que los ingresos petroleros fueran usados en nombre suyo, y que se conformara con recibir lo que le decían que le correspondía?.

Eso, definitivamente, no tiene ninguna explicación. Y, mucho más, si la pobreza que ahora es su compañera diurna y nocturna, no emergió de otro sitio que del alma de la misma Venezuela que, con casi 30 millones de “sufridos ciudadanos” -si es que hasta allí llega la sonora acepción de la dificultad de vivir- está obligada a “democratizar” formas de salir del pantano en el que ahora se encuentran ella, como Madre Patria, y los ahora hijos empobrecidos hasta no se sabe cuándo.

¿Democratizar en donde hablar de Democracia ofende, o es una herejía a los ojos de los que pregonan que tienen sus propios dioses, que no son otros que ellos mismos?.

Usted, por ser venezolano, es hijo de la empobrecida Patria. Pero tiene prohibido presumir de serlo si Usted no demuestra que lo es incondicionalmente. Lo demuestra o está condenado a guardar silencio, o a ser acusado de farsante, y calificado de apátrida.

No es verdad que su Patria, entonces, sea un santuario de pobres y para pobres. Lo es para ciertos pobres que no lo son, aunque presuman serlo. Sí, en cambio, es plácido asiento para individualidades convencidas de que el aprovechamiento de las providencialidades, sencillamente, es oportunidad acertadamente capitalizada, para ser luego convertida en la Madre del epicentro del propósito transformador de conductas y decisiones individuales.

La capitalización de las providencialidades en este caso, hace posible, además, el silencio de los inocentes, como de los que no lo son tanto. Pero es silencio al fin, que es lo que importa. Nadie osará romper el esquema; mucho menos cambiar y/o alterar la necesidad de que la obediencia sea para hoy, para mañana y para siempre.

Silencio y obediencia, en todo caso, son útiles Pueden ser causa y efecto de la necesidad de no disentir, discernir, discutir o cuestionar la disposición de quien ha determinado la importancia de que eso funcione, hasta para siempre. Y si el comportamiento, sin embargo, es dirigido al disenso, al discurso confrontador y hasta el cuestionamiento, entonces, no es aceptable, mucho menos tolerable. Inclusive, si la pretensión trasciende la norma, entonces priva la conducta apátrida; la indeseable e inaceptable traición a la Patria.

Ni importa en qué consiste ser apátrida. Tampoco en ser cultor, seguidor y practicante de la traición, indistintamente de que no existe un “patriómetro”. Lo inquietante, entre la pobreza y el hecho de ser pobre, es que la culpabilidad es claramente detallada, convertida en delito, transformada en el motivo de la sanción.

No existe una norma precisa que sirva de causa para que se produzca la sanción. El país está en época de invierno, pero no llueve. El verano aprieta. Las culpas abundan, sobre todo cuando se habla de crisis y se determina que aquel que habla de crisis, definitivamente, es un traidor. Porque ¡en Venezuela no hay crisis¡. No la hay de alimentos. Tampoco de medicinas. ¡Blasfemia¡. ¡Pura blasfemia¡. ¡Traición¡. ¡Traidores¡. Instigadores del odio¡. ¡Apátridas¡.

El servicio de transporte no funciona, porque, prácticamente, ya no existe; desapareció. ¡Mentira¡. Y no diga lo contrario, ¡apátrida¡.

El servicio de agua es una aspiración de un pobre de solemnidad. El resto de la población de los pobres, por lo pronto, debe guardar silencio. Insistir en decir lo contrario es propio de ¡traidores¡.

El servicio de electricidad, por su parte, opta por su preferencia: no provocar oscuridades. Recurrir a los relumbrones. Es la manera más inteligente de demostrar que, entre fallas y fallas, la “llegada e ida de la luz”, demuestra que al servicio le están amputando sus vatios, “entre inteligentes procedimientos ideados por quienes insisten en promover sus guerras económicas sobre el país”.

El servicio de gas, sencillamente, duele, pero no es capaz de generar la reacción necesaria para demostrar que también es una crisis verdadera. ¿¿Por qué no hay gas?. Porque la extracción de petróleo anda por el suelo, aunque para comienzos del 2019, “con la ayuda de Dios y de la Chamba Juvenil”, el país habrá incrementado la producción en 500.000 barriles diarios.

¿Y qué sucede realmente con los alimentos y las medicinas?. ¡Nada¡. No ocurre nada. Sólo, quizás, que a Donal Trump, como cabeza de Imperio, se le ocurrió promover esa campaña para que los pobres de solemnidad e incautos de botiquín que viven en este país, se les ocurra hacerles el juego y promover una invasión injerencista, traidora y criminal. ¿Injerencista?. Sí, porque es así como se debe llamar a todo aquel que se empeña en venir a cuestionarle los caminos a la revolución y a los revolucionarios. Y, lo peor, eso es inaceptable en un país libre y soberano. ¡Apátridas¡.

Hay que guardar silencio. “En boca cerrada no entran moscas”. Y, en este caso, a quien se le ocurra hablar de crisis, sencillamente, ¡se le aplica el “patriómetro¡”. Eso que nadie sabe de qué se trata, pero que está presente, vigente. Especialmente, ante el convaleciente que esté a punto de concluir la difícil tarea de vivir por carencia de medicinas, y que, antes que demandar la extremaunción, se le ocurre decir a los cuatro vientos que su anticipado viaje obedece a que no puede evitar irse por la crisis humanitaria que lo está arrastrando.

Y pobre del pobre de solemnidad que no ha podido ingerir un gramo de proteína de origen animal durante 2018, por lo que ya el hambre y tomó posesión de su casa, mientras que “la pelona” lo está rondando. Si pretende sensibilizar a algún benefactor alertándole que es víctima de una crisis humanitaria, puede tener por seguro que será objeto de una “justa y meritoria sanción basada en la firme y recta determinación del “patriómetro””. Sí. De eso que nadie sabe de qué se trata. Pero que sí hace posible que Usted, libre usuario del derecho a pensar y reclamar atención, derechos y libertad, se le ocurre hablar de crisis.

Recuerde: que ni se le ocurra hablar de crisis. Porque, en revolución, el pueblo y los pobres, que son la misma cosa, expresión genuina del nuevo hombre de la próspera Venezuela del Siglo XXI, si presume de alguna posibilidad de ser libre, es la de guardar silencio. Mejor dicho, ser solidario con la condición humana y social de haber dejado de ser “rico”, que es malo, malísimo, para alcanzar el estrato progresista superior de ser un solemne pobre,. Además, con la innata sabiduría de entender perfectamente que la compleja alternativa de vivir se convierte en felicidad pura, cuando se es pobre de solemnidad.
Egildo Luján Nava

Coordinador Nacional de Independientes Por el Progreso (IPP)


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