¿Hiperinflación Presupuestada?


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Jue, 11/10/2018 - 05:55

No hay motivos para dudarlo. Aunque tampoco para incurrir en el destemplado y adulante hecho de calificarlo de acto “genial”, propio de una gestión gubernamental que, día a día, ofrece demostraciones de “maravillas gerenciales” en el desempeño de sus centenares de miles de cargos.

Y se trata de que habiéndosele dicho recientemente a casi 30 millones de ciudadanos que en los próximos días el Poder Ejecutivo le presentará a la Asamblea Nacional Comunal su propuesta presupuestaria para la Nación correspondiente al lapso constitucional 2018-2019, lo que pudiera suceder es que a esa misma poblada se le sorprenda con el anuncio de que la hiperinflación ha terminado convirtiéndose en una

nueva forma de egresos de la ya arruinada Venezuela?.

¿Qué no?. ¿Y quién lo puede impedir?. Nadie. No lo hará el Banco Central de Venezuela, porque, aun siendo de su competencia, no se dedica a menudencias Tampoco los flamantes economistas –y los que no lo son, aunque hablen, opinen, sientan y declaren como si lo fueran en el seno de la Asamblea Comunal-. Mucho menos los psuvistas hermanados en esa misma dependencia gubernamental. ¿Y acaso cree alguien que la Asamblea Nacional podrá hacerlo, aun cuando apele a lo que determina la vigente Constitución Nacional de la República Bolivariana de Venezuela?.

En fin, con base en los mismos principios innovadores, transformadores y revolucionarios que hicieron posible la llegada, arraigo, dominio y permanencia de la hiperinflación que Steve Hanke la bautizó como hecho venezolano por allá en noviembre del 2016, ella, la poderosa, indomable y soberana, sin duda alguna, debe pasar a ser la gloriosa estrella presupuestaria de los venideros meses. Pero tampoco como consecuencia de un desprendimiento político transformador. No. De ninguna manera.

Será por mérito, aunque el término, que vivió su primer zarpazo cuando Petróleos de Venezuela se desprendió de más de 20.000 miembros de su talento científico y administrativo, acaba de ser sepultado unilateralmente por la audaz metodología salarial gubernamental que se ocupó de echar al Guaire a contratos colectivos, carreras profesionales, derechos sociales y humanos, entre otros.

Y será, así, a la brava, por mérito. No de nadie en particular, porque eso equivaldría a “ningunear” la sabiduría colectiva que distingue a los administradores en general, si bien, entre tales iguales, hay unos más iguales que otros. Es decir, tal como los exponen los detalles de las tallas, nunca jamás por la diversidad, profundidad y profusión de conocimientos que les distinga.

Desde luego, como siempre sucede en situaciones como la citada, jamás se cometerá el equívoco que convierta el hecho en un insulso “toppless” bajo el caluroso sol venezolano. Nunca. Sencillamente, todo aquello a lo que no se quiso acudir para darle vigor y sentido a los anuncios que se harían dos días después de la primera quincena de agosto, entre reconversión y nuevo cono monetario, pasa ahora a disfrutar de nombre y apellido.

Y eso no es otra cosa que dar a conocer cómo es que se harían presentes la disciplina fiscal y monetaria a nivel nacional que requiere la Nación urgentemente; de dónde se sacarían los fondos para reestructurar deudas y formalizar pagos a todos los santos con los que se tienen compromisos por el mundo. Pero, además, de cómo es que el anónimo e incuantificable número de empresas del Estado que hoy pierden dinero cada segundo, por mala gerencia o corrupción, dejarán de hacerlo, si sus “administradores” siguen siendo los mismos.

Desde luego, que entre esos requisitos se incluya la imperiosa e impostergable necesidad de privatizar, atraer capital privado nacional e internacional para que se sume al público, es impensable. Es una blasfemia. Una inaceptable herejía.

Sin embargo, ante tal caso, la salida inteligente, por lo que se ha apreciado desde mediados de agosto hasta las vísperas de “Día de la Resistencia Indígena”, es que, por el contrario, se necesita –y siempre con urgencia- que en algún supermercado propio de economía global se indague cómo es que los países son capaces de captar inversiones del mundo privado, qué principios hay que sembrar para que se reproduzca un semillero de confianza. Y todo ello sin estar adherido a la voluntad de Rusia, China o Turquía.

También -que es hoy quizás lo más complicado- a qué recurso especial se debe acudir para que regresen algunos de los millones de venezolanos que migraron huyéndole al hambre y al arrebato de la muerte, la violencia política, la ausencia de fuentes de trabajo, y al sometimiento forzoso a aceptar que su mérito es adular y no a tener que producir, aunque sea basura.

Porque, además, empresas con máquinas, sin capital y sin participación humana, es sinónimo de lo que ya vivió el país, cuando se produjeron la nefasta faena del denominado antilatifundio contra el sector agropecuario, y la expropiación de bienes privados como cosecha de la siembra histórica de odios y resentimientos sociales en Venezuela.

La hiperinflación venezolana, entonces, puede seguir feliz. Aun cuando, inclusive, no se le revierta su anonimato actual como componente de las postrimerías del Presupuesto 2017-2018. Porque el asunto no es que haga su cola y, de paso, hasta logre su correspondiente Cédula de Identidad. Eso lo puede hacer logrando su Carnet de la Patria.

Su exigente y comprometedor problema es que, repentinamente, además de ponerse en marcha –por fin- el aumento del precio de la gasolina, luego que se le atribuya la cautelosa responsabilidad de alimentarse a partir de la capacidad de multiplicación de bolívares “S”, también se le imponga la nada fácil tarea de evitar que semejante labor liquide el cono monetario, sin que haya conocido –de ser posible- un pan de jamón en diciembre próximo.

Y el panorama económico, social y hasta político para Venezuela se plantea en esos términos. Porque un Proyecto de Presupuesto ajustado a la Constitución y las leyes de la República tiene sentido y cabida en la lógica de los hechos que hoy vive y sufren 30 millones de venezolanos, si se le convierte en el recurso administrativo y gerencial apropiado para derrotar las causas de los problemas que tienen dando tumbos al Estado venezolano, con los venezolanos convertidos en pasajeros por la fuerza.

Ahora, si el propósito es, simplemente, perseverar en la pantomima de presumir seriedad y rectitud administrativa, mientras que la anarquía funcional del Estado sólo sirve para fortalecer el dispendio y la corrupción, entonces, no hay nada qué hacer. Quizás sí crear el Ministerio de la Hiperinflación, con sus correspondientes entes adscritos, soportes propagandísticos; y exhibirlo en los mercados internacionales como la base de sustentación de la nueva fase de la Renovación Económica, y carta de presentación del riesgo-país, por cierto, hoy por hoy, el más alto del mundo.
Egildo Luján Nava


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