Resurrección


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Sab, 20/04/2019 - 09:37

Escribió Pablo de Tarso en su Carta a los Corintos: “Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra prédica, vana también es nuestra fe” (....) . Palabras muy claras las del Apóstol. Si Cristo no hubiera resucitado entre los muertos, la que Pablo estaba fundando habría sido una simple religión de la muerte. Pues la esencia del cristianismo reside según Pablo no en la crucifixión sino en la resurrección, punto que marca el triunfo de la vida por sobre la muerte.

El milagro de la tumba vacía y la reaparición de Jesús frente a María Magdalena “y la otra María” precede su ascenso hacia el reino de los vivos y no hacia el de los muertos. Significa: después de su muerte Jesús continúa viviendo. O dicho en habla popular: “Cristo vino para quedarse”. ¿Dónde? En cuerpos humanos, tan humanos como había sido el cuerpo de Jesús.
La resurrección de Jesús no fue -lo dicen los evangelios- incorpórea. No fue la aparición de un fantasma sino la de un ser viviente, punto en el que insiste el evangelista Lucas: “El Señor resucitado podía ser tocado y podía comer”. En ese punto coinciden todos los sinópticos: Cristo no fue reconocido por sus discípulos en una primera instancia. Ni siquiera por Magdalena. Incluso, los dos discípulos a los que primero apareció caminaron y hablaron con él durante bastante tiempo sin saber quién era (Lucas 24: 13-12) Todo así lo indica: Cristo regresó transfigurado, es decir, reaparecido en otras figuras. Solo después de hablar y de acuerdo a su palabra (Logos) era reconocido plenamente. Pedro el testarudo, tuvo incluso que palpar sus heridas.

La resurreción de Cristo no venía del pasado sino de otro lugar y de otro tiempo.

Interpretando la metáfora bíblica podríamos decir que más allá de los cuerpos, el reaparecimiento de Jesús sobre la tierra se dio a través de sus palabras dichas por bocas que no eran igual a la suya. La resurrección es una aparición no incorpórea pero si trans-figutaroria. La resurrección de Cristo es su palabra, la palabra de Dios, pronunciada por figuras distintas a las que asumió él en esta tierra.

Lo he repetido mil veces: para leer las Sagradas Escrituras hay que usar armas poéticas. Quien quiera entenderlas de modo literal, no habrá leído nunca la Biblia. Sin embargo hay excepciones. En algunos capítulos el relato (o significante) coincide literalmente con sus objetos (o significados). En el caso de la resurrección, Cristo resucita no en su cuerpo sino en otros cuerpos pero al mismo tiempo sigue siendo Cristo. El mensaje entonces está claro: Cristo no resucita en sí mismo sino trans-figurado en la figura de otros quienes al vincularse con Cristo pasan a formar parte de un nos-otros. Cristo continuará viviendo en la materia humana. No en toda por supuesto. Pero sí en aquellas que abren su cuerpo y su alma “al camino, a la verdad y a la vida”, las tres palabras con las que definió su presencia en el mundo, según Juan (14:6)

Camino, verdad y vida. Vale decir: en todos aquellos seres que luchan por encontrar el sentido (camino) de la vida, por imponer la verdad por sobre la mentira y a la vida por sobre la muerte, resucita Cristo, transfigurado en diferentes cuerpos. La resurrección de Cristo, dicho así, no representaría solo una historia, algo que solo sucedió en una fecha y en un lugar determinado. Cristo no habría venido del pasado reciente. Cristo viviría en un permanente presente, muriendo y resucitando alrededor y dentro de nosotros. No otro es el sentido paulino de la transustanciación​: al comer el pan (carne de Cristo) y beber el vino (sangre de Cristo) integramos (poéticamente) a Cristo en nuestra corporeidad y así somos nosotros y somos Cristo al mismo tiempo, de igual modo como Jesús era Hombre y Dios a la vez. La resurrección en una (re) incorporación.

En otra frase: la incorporación de Cristo en nosotros es la resurrección de Cristo en nosotros y con eso dejamos de ser lo que éramos antes de vivir con Cristo. Y como Cristo después de su muerte, viviremos resucitando entre los mortales, en alguna de nuestras palabras, en nuestros gestos, en nuestros errores y aciertos. El ser humano -perdóneseme la herejía- después de haber recibido la revelación está condenado a ser el mesías de sí mismo, su propio redentor. El ser humano es el que resucita en otros cuerpos, en otras carnes, en otras sangres. Somos, pienso yo, los eternos resucitados. No idénticos a Jesús, pero sí, al igual que él, sobrevivientes de una eternidad que nadie -salvo Jesús- sabe donde ésta.

Resucitamos, luego existimos. No somos más que transfiguraciones que vienen de un tiempo y de un lugar que no es el aquí ni es el ahora aunque sin ese aquí y ese ahora nada puede (re) aparecer.

Fernando Mires

Fuente: https://polisfmires.blogspot.com


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