Volverá a suceder


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Miércoles, 21/02/2018 - 08:08

Cada día en los Estados Unidos una media de dos docenas de niños son víctimas de disparos. Sin duda, es un dato preocupante. La tragedia más reciente ha tenido lugar en un colegio de Parkland, Florida, con 17 muertos y 14 heridos. Se trata de la octava matanza más letal en los últimos años, por debajo de la perpetrada en un hotel de Las Vegas el año pasado (58 víctimas mortales) y en segundo lugar la masacre en una discoteca de Orlando en 2016 (49 muertos).

Hoy los familiares de los alumnos y maestros que fueron abatidos este 14 de febrero en la escuela secundaria Marjory Stoneman Douglas lloran a sus seres queridos, pero no les extraña este violento desenlace. A fin de cuentas, el día en que el sospechoso de la masacre irrumpió en las aulas armado con un rifle semiautomático AR-15, los estudiantes habían ensayado situaciones de emergencia. Tristemente, ya es habitual en los colegios, universidades y lugares públicos de la primera potencia del mundo episodios sangrientos con francotiradores disparando a mansalva.

Con conocimiento del protocolo a seguir, una profesora del centro escolar escondió a un grupo de chicos en el armario de una de las aulas, donde la mayoría lloraba en silencio mientras le enviaba mensajes de texto a sus padres. En televisión nacional la educadora, sin poder evitar el llanto, pidió encarecidamente al Congreso que se haga algo para detener la proliferación de tenencia de armas en una nación donde, según datos del Small Arms Survey, se poseen 88.8 armas de fuego por cada cien habitantes. Yemen se sitúa en segundo lugar con 54.8 armas por cada 100 residentes y Suiza en tercer lugar (45.9 por cada 100 habitantes) a pesar de que en el país europeo nunca se ha producido una matanza en una escuela.

El mensaje de la maestra que salvaguardó a sus estudiantes caerá nuevamente en el saco roto de Washington, donde el poderoso lobby de la Asociación Nacional del Rifle (NRA) quebranta desde hace décadas cualquier esfuerzo por poner freno a una cultura belicista que, escudada en la Segunda Enmienda, ha armado hasta los dientes a una sociedad en la que un joven de 18 años (como el presunto asesino de esta última matanza) puede comprar legalmente un rifle semiautomático pero no puede consumir alcohol hasta los 21 años. Las lágrimas de la bienintencionada profesora se pierden en el océano de los 203.2 millones de dólares que la NRA ha invertido en ejercer influencia política desde 1998, según datos de Politifact. Poco importa, tal y como señala Small Arms Survey, que Estados Unidos sea el país del mundo con mayor número de homicidios por armas de fuego.

Cada vez que se producía una masacre bajo la anterior administración, el ex presidente Barack Obama le hablaba a la nación con un nudo en la garganta. Después de la matanza del colegio en Sandy Hook se le agolpó la emoción, pero admitió con sombría melancolía que la batalla contra la masiva tenencia de armas parecía estar perdida. Durante su presidencia sacó adelante una provisión para que el historial de enfermedad mental pudiera tener peso a la hora de obtener un permiso de posesión de armas de fuego. Un pequeño e insuficiente paso que el presidente Donald Trump eliminó poco después de ocupar la Casa Blanca, aunque un día después de los hechos en Florida tuiteó que era necesario divulgar información sobre individuos con síntomas de enfermedad mental.

El debate sobre la extendida tenencia de armas de fuego en Estados Unidos, con alarmante facilidad para adquirir armamento cada vez más letal y propio de las guerras, se perpetúa entre dos extremos opuestos: quienes esgrimen estadísticas como las de un reciente estudio de la publicación Health Affairs, el cual señala que el índice de homicidios con armas de fuego es 49 veces más alto en Estados Unidos que en otros países desarrollados. Y los defensores a ultranza de la Segunda Enmienda y del eslogan “Las personas matan, no las armas”, convencidos de que más regulaciones no representan la solución a un problema con dimensiones endémicas.

Lamentablemente habrá más matanzas como la que acaba de sacudir a los estadounidenses. Sólo el pasado año 1,637 menores murieron por armas de fuego. Se dice rápido. A la velocidad con la que se carga y descarga el peine de un AR-15. @ginamontaner
Gina Montaner

Fuente: www.firmaspress.com


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