La metáfora de Alan García


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Miércoles, 24/04/2019 - 04:38

Una de las frases más dañinas que se conozcan en el mundo de la economía fue aquella atribuida a John M. Keynes: “En el largo plazo todos estamos muertos”. Inaugura toda una corriente de pensamiento económico que hace énfasis en las salidas de corto plazo, de estímulo de la demanda y el consumo, de expansión de la oferta monetaria mediante el gasto público, el aumento artificial del crédito con manipulación de las tasas de interés, sin que tal cosa tenga que ver ni con los niveles de ahorro ni de inversión de capital. Todas esas formulaciones que desprecian el mediano y largo plazo, Keynes les dio prestigio intelectual. De repente tuvieron brillo académico lo que ciertos gobernantes y políticos querían oír. Gastar, gastar, sin parar en las consecuencias. El resultado, grandes ciclos recesivos precedidos de burbujas económicas o financieras.

Pero también en la política este tipo de pensamiento tiene su efecto contaminante. Le lleva agua al molino de los populismos que, por lo general, siempre son dados al cortoplacismo. Por ejemplo, genera los perversos incentivos de gobernar sólo para ganar elecciones o de asumir ofertas electorales creando expectativas falsas que suelen colisionar con la realidad.

En la Venezuela de hoy, el keynesianismo económico y político ha hecho estragos. En el gobierno tenemos a gente que quiere estar en el poder para siempre, que se aferra a él para el largo plazo, pero que formulas políticas públicas de muy corto. Y en la oposición el síndrome keynesiano es igual o peor. No sólo se comulga con las mismas recetas económicas que nos trajeron hasta aquí, sino que su accionar político es inmediatista y maximalista.

Así como los socialistas de todos los partidos, siglos y nacionalidades insisten obstinadamente en buscarles alternativas al capitalismo, que no las hay, la oposición venezolana persiste en un mensaje con una alta carga de antipolítica, de mesianismo y soluciones relámpago. Cree que con la consigna de calle y más calle, marchas y mega marchas, podrán compensar décadas de abandono de activismo partidista. No es posible sustituir mágicamente el trabajo que supone años de oficio en la construcción y desarrollo de partidos políticos con programas políticos.

En Venezuela, luego del paso del tiempo y a la luz de lo que vino después, toda aquella persecución judicial contra Carlos Andrés Pérez, de las denuncias de corrupción contra su gobierno y de toda la clase política, lo cual desembocó en su sacrificio y expulsión del poder, quedó claro que fue un error colosal. Bien apunta el profesor Alberto Mansueti en uno de sus ensayos, que el fascismo y el nazismo en los años 20 y 30 del siglo pasado, hicieron exactamente lo mismo en Italia y Alemania respectivamente, promoviendo una histeria anticorrupción que demolió las instituciones de esas naciones con las consecuencias conocidas.

Durante años los poderes fácticos venezolanos articularon un poderoso mensaje contra los partidos, los políticos y la corrupción. Engendraron el fenómeno de Chávez que llegó al gobierno en 1999. A partir de semejante satanización, quienes están en el poder logran, con mucho éxito, que exista en la práctica un solo partido político, el de ellos, bajo el amparo del presupuesto público. Y en la oposición, como resultado del desprestigio de la política y sus organizaciones, aparecen liderazgos poco profesionales, con escaso manejo del oficio. Así se fomentan dirigentes que improvisan, que reducen el activismo a la pura acción mediática y que piensan que con maniobras temerarias y movimientos audaces, pueden reemplazar la indispensable labor de los partidos. La primera consecuencia a la vista es que los ciudadanos quedan expuestos a la predica estridente, a los espejismos y los atajos, sin capacidad de tener opciones distintas disponibles. Otros referentes más reflexivos y sólidos.

Uno de los peores engendros de este fenómeno de la inmediatez y el cortoplacismo, que por estrechez de miras convierte en causa lo que es un mero efecto, es el síndrome de las lucha contra la corrupción. En un modelo económico en donde los recursos los asigna, no la competencia en el mercado, ni el emprendimiento, ni el éxito empresarial, el ahorro, la innovación o la capacidad de trabajo de las personas sino el poder político y la cercanía con él, desde luego que la corrupción campea. Allí es en donde hay que centrar el objetivo, corregir esos incentivos negativos y sustituirlos por los correctos, con un gobierno limitado a sus áreas de estricta competencia, como seguridad, justicia, diplomacia, defensa e infraestructura física (bajo régimen privado de concesiones al estilo chileno), dejando la economía en manos de los particulares con estricto respeto a los derechos de propiedad y los contratos voluntarios entre los ciudadanos. De esta manera se erradicará el tráfico de influencias y el cohecho, vicios resultantes del maridaje entre la corporación política y la corporación empresarial prebendaria.

Allí está lo de Perú, ejemplo emblemático. Varios expresidentes y políticos presos, prófugos, y ahora hasta muertos por propia mano. En ese país se asoma sin duda la aparición de un fenómeno de virulenta antipolítica que puede nuevamente barrer con las instituciones democráticas de esa nación, tal y como lo hizo en su momento Fujimori y en nuestro caso venezolano Chávez, ambos hijos legítimos de la rabiosa reacción contra las “cúpulas podridas”.

Si los que salen del gobierno no van a la oposición sino a la cárcel, muy posiblemente lo que suceda en adelante es que se generarán toda suerte de incentivos perversos para permanecer indefinidamente en el poder debido a los altos costos de perderlo. Esto es realmente lo que tenemos en el horizonte si la lucha contra la corrupción sigue convirtiéndose en ese circo mediático que llena titulares de prensa, pero que escamotea las verdaderas causas de nuestros males económicos.
Hay que mirar con atención lo que está ocurriendo en Argentina ahora mismo como una alerta temprana para Venezuela. Macri ganó las elecciones contra el imperio de la Kirchner y adelantó un programa económico muy parecido al Plan País que ha presentado la oposición venezolana. Inició una ofensiva de asedio judicial contra el kirchnerismo con persecución y cárcel para muchos de sus cómplices. Aunque la transición del peronismo al macrismo se dio institucionalmente, sin embargo no se pactó ningún tipo de gobernabilidad para los años siguientes. El peronismo arrinconado al principio, con la denuncia de los llamados cuadernos que exponía su abierta corrupción, pudo reaccionar y han puesto contra las cuerdas a Macri socavando su gobernabilidad. Agitación social permanente, cierre de vías, perturbación del orden público en Buenos Aires y otras ciudades. Lo más letal, un ataque especulativo al tipo de cambio por parte de poderosos sectores económicos Kirchneristas que aprovechan la fragilidad de la economía argentina golpeada por las erradas políticas económicas keynesianas, antes del peronismo y ahora del macrismo. Los resultados, subida descomunal del dólar, inflamación galopante y empobrecimiento. Macri retrocedió, decretó precios acordados, congelamiento de tarifas, líneas de créditos subsidiados para estimular el consumo y otras medidas de igual corte. Una bomba de tiempo que asoma regresión política y económica en ese país.

Lo que ocurrió con el suicidio de Alan García en Perú, puede representar una terrible metáfora para Venezuela. Si lo que le espera al chavismo es la persecución, la deshonra o la prisión tras abandonar el poder, tal vez prefiera la autoliquidación, antes que cualquier otra cosa. Profundizar la destrucción del país por parte de quienes ejercen el poder y pueden de hacerlo, es una alternativa que siempre tendrán a la mano quienes no disponen de alternativa.
Pedro Elías Hernández


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