Efecto Venezuela y Ave Fenix


Imagen de Rafael Gallegos
Lun, 06/05/2019 - 21:23

Los años setenta fueron un Festín de Baltazar. Una orgía de consumismo. Nos jactábamos de tener el mayor consumo de guisqui per cápita en el mundo. Nuestros turistas viajaban por el mundo como caciques de la tribu Tabarato (dame dos) y por sus propinas eran confundidos con príncipes árabes. El primer presupuesto de Carlos Andrés Pérez fue tres veces superior al último de Caldera. En cinco años se duplicó la nómina de empleados públicos. Los precios del petróleo se multiplicaban rutinariamente. Las guerras árabes y los estornudos de los jeques se transformaban en ingresos - sin trabajar- para Venezuela. Todo un surrealismo más torcido que el reloj de Dalí.

Desde el fondo de esta realidad surgió la voz aguafiestas de Juan Pablo Pérez Alfonzo. Le preocupaba que ese ingreso gigantesco y facilón saturara la capacidad absorción de dinero del país. Para explicar su angustia desarrolló una concepción que bautizó como Efecto Venezuela. La planteaba hablando de un indigente que se ganara el premio gordo de la lotería y comenzara a comer siete veces a día y terminara hospitalizado con el organismo descompensado. A Venezuela- decía- le sucederá como al indigente, se indigestará y terminará siendo un país descompensado. Este fenómeno será conocido como “Efecto Venezuela”. Pérez Alfonzo sugería evitarlo reduciendo la producción a un millón de barriles diarios porque en su concepto en el subsuelo los barriles se revaluaban y lo más importante, se evitaba que los excedentes de divisas reflejaran la deformación de la economía que él había descrito.

A su pesar Pérez Alfonzo vio materializar el Efecto Venezuela. Luego de cinco años Herrera Campíns dijo en su primer discurso como presidente que recibía un país hipotecado. Había sido insuficiente el cuantioso ingreso petrolero y para satisfacer la voracidad de las nuevas necesidades nacionales hubo que pedir dinero a la banca internacional generando una casi impagable deuda pública. Hay que reconocer en descargo del régimen de Carlos Andrés Pérez, que creo el Plan Mariscal de Ayacucho, los módulos de Apure, el Plan IV de Sidor y hasta el Fondo de Inversiones de Venezuela cuyo objeto era represar los excedentes. Pero el Efecto Venezuela se cumplió rigurosamente, el país se descompensó, se aflojaron los resortes morales y comenzamos a transitar la ruta de la decadencia.

Los intelectuales vislumbraban a este paso un futuro oscuro. Otro gran pensador, Arturo Uslar Pietri planteó que bajaran los precios del petróleo Venezuela se iba a convertir en un caso de la Cruz Roja Internacional. Casi que profetizó que nos íbamos a convertir en la primera hambruna petrolera de la historia.

Años después El Nacional expresó en su mancheta: “A Pérez Alfonzo lo llamaron loco, agitador y quijote por prever los males que hoy nos aquejan.” El sabio había hecho el rol de Casandra, personaje mitológico al que le dieron el don de la profecía, condicionado a que nadie le creería… sino cuando todo estuviera destruido.

Se cumplió la gran paradoja: mientras más altos ingresos petrolero, más pobreza. Casandra tenía razón. Finalizó la fantasía petrolera. De boom en boom y de paquete en paquete

Se revirtieron los logros de mayor crecimiento del PIB en el mundo por cincuenta años. Se cayó el mito de que éramos ricos y no poseedores de unos recursos que no supimos gerenciar para transformarlos en riqueza. La moneda dura, las importaciones como base de la economía, la exacerbación del Estado y la mala gerencia pública, contribuyeron al agotamiento del modelo.

MESIANISMO

Y en lugar de perfeccionar el modelo, Venezuela se fue tras un mesías que resultó un falso profeta. Un Hugo Chávez que emergió con un cruento golpe, y – otro error- los venezolanos lo vieron como un inocente muchacho equivocado.

Con Chávez y los gigantescos precios petroleros por más de diez años, vivimos otro Efecto Venezuela. Ahora con el agregado del afán de destruir el país para comerte mejor, el modelo de la Cuba comunista.

AVE FENIX

El país es escombro y no queda otra que imitar al ave mitológica y resucitar de las cenizas. Pero no es gratis, primero hay que preguntarse si aprendimos algo. Si hay Lecciones Aprendidas. Si estamos dispuestos a no repetir los errores del pasado. Si hemos cambiado. De lo contrario, superaremos esta fatídica “revolución” y se aparecerá otro Chávez pero más “más aprendido” en pocos años.

Las lecciones aprendidas se deben reflejar en nuevos paradigmas: Menos Estado y más empresa privada, para revertir el petroestado. Cero marginalidad, como una meta de sobrevivencia. Ser rico es maravilloso… si se cumple con la Ley. Respeto a la diferencia, a las elecciones limpias y alternabilidad como base de la democracia. Solidaridad y conciencia colectiva como base de la interacción. Adoración al esfuerzo, al trabajo y al conocimiento. Cambio de Mesías por liderazgos. Ah! y dejar la bobera de irse del primer seudo líder lleno de palabras bonitas.

Nada nuevo bajo el sol. Las mismas lecciones aprendidas de todas las sociedades exitosas. Imitemos a la Europa de posguerra, que convirtió su catástrofe en un continente de solidaridad y calidad de vida.
Sería un gran legado.
Rafael Gallegos


Por si no lo viste