De joven quise ser cura


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Miércoles, 04/06/2014 - 07:04

De joven quise ser cura. Lo charlé seriamente con un amigo, ahora cardenal. Pero el celibato me disuadió de no entrar al sacerdocio, tradición que siempre consideré discriminatoria contra quienes concebimos que la vocación espiritual no es incompatible con formar familia propia.

Optar entre esas dos vocaciones me terminó por alejar de la Iglesia. Tengo conocidos que también tomaron la misma decisión, otros fueron curas y luego dejaron los hábitos para casarse y amigas que se hicieron monjas, pero tenían personalidad para sacerdotisas.

Creo que el celibato obligatorio es una tradición profundamente contradictoria con las enseñanzas de la Iglesia sobre la procreación y la familia. Por suerte, esta costumbre que arrastra y lastra desde el Concilio de Trento está de nuevo en agenda. El papa Francisco, la defiende, pero sabiamente autorizó la discusión. “Al no ser un dogma de fe, siempre está la puerta abierta”, sorprendió al regresar de su reciente visita a Tierra Santa.

Esta máxima y la de “quien soy yo para juzgar” en referencia a los homosexuales, y otros excluidos que soltó el año pasado en Brasil, infieren una agenda cargada de cambios para los sínodos de obispos convocados para este 2014 y el 2015. Aún le falta soltar una frase más, algo más difícil, la que permita discutir el papel de la mujer, que a imagen y semejanza de las enseñanzas de la Iglesia, también se le permita ser sacerdote, asumir responsabilidades teológicas y liderazgo en la cúspide de una jerarquía eclesiástica que no puede pensarse solo de y para hombres. Todo esto, sin que la Iglesia deba renunciar a ningún dogma fe o verdad absoluta, sino solo derribar mitos y costumbres.

La “puerta abierta” no es producto de la casualidad. Francisco, cura de a pie, está muy atento al contexto. Todos sus gestos y símbolos, aunque parecen espontáneos, están cargados de intención y de mensajes. Desde la canonización reciente de Juan XXIII y Juan Pablo II y de Laura Montoya Upegui y María Guadalupe García Zavala, hasta su invitación a judíos, musulmanes y víctimas de curas pedófilos para rezar juntos en el Vaticano, tienen un propósito.

La frase que Francisco lanzó es la misma que argumentó Pietro Parolín días antes de que fuera designado secretario de Estado o número dos de la Iglesia. Y días después que recibió una carta de 26 mujeres italianas, entre enamoradas, casadas y con relaciones secretas con sacerdotes católicos, que fue inusualmente difundida por los medios del Vaticano. La carta estuvo bien pensada. Las mujeres no se mostraron ni provocadoras ni desafiantes, expresaron en buen tono su sufrimiento profundo y le exhortaron a Francisco que permita a sus esposos y compañeros seguir viviendo plenamente la vocación sacerdotal y sirviendo a la comunidad.

La exclusión que proyecta el celibato obligatorio tiene repercusiones prácticas en la vida de la Iglesia. Tras décadas en que las vocaciones sacerdotales siguen disminuyendo, se calcula que 100 mil curas fueron dispensados por el Vaticano para casarse en los últimos 40 años. Todos los años la dispensa se extiende a 700 curas, según l’Obsservatore Romano. Pero todavía peor, el celibato actúa como un agente disuasivo coartando la potencialidad de quienes sienten la vocación sacerdotal.

Es el peor lujo que se da la Iglesia, necesitada de pastores para estar más presente en todas las comunidades y, así, detener en parte un éxodo masivo a otras denominaciones religiosas. La mayoría no emigra en desacuerdo con las enseñanzas, sino por falta de servicios. En América Latina el catolicismo decreció del 81 por ciento en 1996 al 70, mientras que las denominaciones evangélicas crecieron del 4 por ciento al 22.

Es evidente que la Iglesia necesita cambios prácticos y de mentalidad. Francisco, ahora rodeado por obispos más progresistas, parece convencido. Ojalá que sus gestos ayuden para acabar con la discriminación de la mujer, para incluir a otros excluidos y para que el celibato sea solo opción y no mandato.

Esas exclusiones fueron costumbres y creencias creadas por los hombres que pudieron defenderse en otros tiempos y contextos, como aquellas que derivaron en la excomunión de Galileo y Juana de Arco. Pero ya no resisten. Los cambios, ahora necesarios, no tienen que ver con dogmas de fe, por lo que no deberían ser difíciles de implementar.

Fuente: http://www.ricardotrottiblog.com


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