El viaje de Obama a Cuba


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Vie, 18/03/2016 - 18:13

Después de más de medio siglo de duras e inútiles hostilidades entre los gobiernos de Cuba y Estados Unidos, el presidente Barack Obama visitará la isla caribeña la próxima semana en un intento por salvaguardar los intereses y valores de los Estados Unidos, y para invitar al pueblo cubano a construir una relación más sana entre ambos países. Cambiar el tenor antagonista de la relación no será fácil, pero tampoco puede dilatar mucho. Este es el último año de la presidencia de Obama y las autoridades cubanas deben responder positivamente a sus propuestas o el esfuerzo en solitario del Presidente fracasará.

“Obama piensa (me dice Peter Hakim, presidente emérito del think tank de Washington D. C., El Diálogo Interamericano) que con paciencia y buena voluntad el cambio en Cuba tiene mayores probabilidades de éxito que el aislamiento. Obama también ha renunciado a todo instrumento coercitivo para forzar el cambio, pero sabe que las autoridades cubanas deben ceder en temas como los derechos humanos, el acceso a la información y la apertura económica”.

Hasta ahora, el Gobierno cubano se ha resistido a relajar su control político en la isla. En cuanto a los derechos humanos, los cubanos dicen que EE. UU. no tiene autorización moral para discutir el tema mientras mantenga una prisión en Guantánamo, donde los prisioneros están en cautiverio sin que se les presenten cargos ni se les enjuicie. “Sí –dice Hakim– Guantánamo es una mancha en los EE. UU., pero no sobre Obama, quien, por lo menos, ha estado presionando para que se cierre la prisión”.

Más aún, “tan horrible y moralmente repugnante como Guantánamo ha sido –me dice Christopher Sabatini, profesor en la Universidad de Columbia–; esto es diferente a negar sistemáticamente a 11 millones de sus propios ciudadanos los derechos fundamentales de libertad de asociación y expresión”. Pero el tema de los derechos humanos no es la única complicación de la visita. Obama quiere hablar con el pueblo cubano y con los disidentes políticos, los cubanos dicen que ellos decidirán con qué miembros de la “sociedad civil cubana real” se puede reunir. El problema aquí es que François Hollande, el papa Francisco, todos los presidentes de América Latina y otros dignatarios que han visitado la isla no se han reunido con “disidentes”. ¿Por qué, le pregunto al profesor Sabatini, hacer una excepción con Obama? “Porque –me responde– hay más de 2 millones de cubanos y cubanoamericanos que viven en los EE. UU., y en las dos últimas décadas nuestra política hacia la región se ha orientado hacia la promoción de la democracia y los derechos humanos. No cumplir con esta demanda sería abandonar los principios de EE. UU.

Y este es el quid de la cuestión. Para EE. UU., la política hacia Cuba es casi un asunto de política interna, a tiempo que los cubanos piensan que EE. UU. debe abandonar cualquier pretensión de alterar la naturaleza del régimen.
Y mientras tanto, respetados académicos como William LeoGrande y Peter Kornbluh han calificado el viaje de Obama a La Habana de “histórico” comparándolo con el viaje de Nixon a China en 1975. ¿Es justa la comparación? le pregunto a Hakim. “No –me responde–, la reconciliación con Cuba es importante, pero la visita de Obama a Cuba no implica un cambio en la política mundial, ni siquiera en la política hemisférica. La región sigue siendo irrelevante en el escenario mundial”.

De acuerdo, no obstante, hay que reconocerle a Obama intentar revertir una política fallida que se ha prolongado más de medio siglo. La próxima semana, por primera vez en 80 años, un presidente americano visitará Cuba con el objetivo de lograr lo que diez de sus predecesores no pudieron lograr: normalizar las relaciones entre vecinos incómodos.
Sergio Muñoz Bata


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