Los horrores de Hiroshima y Nagasaki


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Jue, 13/08/2015 - 18:12

Hoy, que nueve países cuentan con arsenales nucleares y otros cuatro quieren desarrollarlos, es imprescindible recuperar la memoria histórica y desenmascarar a quienes quieren ocultar la verdad sobre lo que pasó en Japón. Hace setenta años, Estados Unidos lanzó dos bombas atómicas sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki. Todo el mundo sabe un poco del trágico suceso, y como ha escrito Susan Southard, en su libro Nagaski: Life After Nuclear War, “la ‘necesidad’ de los bombardeos para ponerle fin a la guerra ha sido estudiada y discutida durante décadas”. Pero, agrega Southard, “poco se sabe y menos se habla de los efectos a largo plazo de la radiación en quienes fueron expuestos a las nubes tóxicas del hongo atómico”. Y añade la autora: “Tampoco se ha hecho un análisis serio de los temas morales y existenciales que suscitan estos bombardeos”.

El libro de Southard es, de cierto modo, una continuación de Hiroshima, un ensayo en el que John Hersey –periodista ganador del Premio Pulitzer que en 1946 escribió para The New Yorker– relata las experiencias sufridas por seis sobrevivientes. Cuentan que la elocuencia del relato impresionó de tal forma a Albert Einstein que compró 100 ejemplares de la revista para ilustrar a autoridades y amistades sobre las consecuencias de la bomba atómica. El ensayo de Hersey tuvo una gran acogida de la crítica, pero no tuvo la difusión que merecía entre el público en general.

Algo semejante se podría decir de ese magnífico tour de force del cineasta Alain Resnais, con su película Hiroshima Mon Amour, filmada en 1959. La película cuenta una historia de amor que dura dos intensos días entre una actriz francesa, la fascinante Emmanuelle Riva, y un arquitecto japonés, Eiji Okada, pero es, a la vez, una reflexión sobre la guerra, la paz, la memoria, los recuerdos, la culpa, el erotismo, la vida y la muerte. En la trama de la película, escrita por Marguerite Duras, el affair entre los protagonistas transporta a la actriz a su romance de juventud con un soldado alemán durante la ocupación nazi en Francia y a la consecuente vergüenza de ser señalada como “colaboracionista horizontal”.

La liga que Resnais traza entre Hiroshima y la ocupación nazi en Francia no es accidental. Cuatro años antes, el cineasta había filmado un magistral documental sobre los campos de concentración en Auschwitz y Dachau titulado Noche y niebla. El título hace referencia al decreto nazi de 1941, llamado ‘Nacht und Nebel’, que permitía la suspensión del debido proceso de quienes la policía nazi sospechaba que podrían presentar un reto al Tercer Reich y permitía el arresto y el uso de la tortura contra cualquier ciudadano.

El vínculo entre estas dos obras maestras es el riguroso examen de la memoria reprimida. En la película, la represión de la memoria es individual mientras que en el documental hay una crítica incisiva al oscurecimiento deliberado y consciente de la verdad.

Sabemos que en Hiroshima y Nagasaki murieron un poco más de 200.000 personas por el impacto inicial de la bomba, pero poco sabemos de cuánto y cuántos sufrieron consecuencias fatales posteriores a la explosión. El doctor Tatsuichiro Akizuki comparó lo sucedido en Japón a la situación prevalente durante la peste negra, que arrasó con la Europa medieval. Pero, según el general Leslie Groves, director del Proyecto Manhattan, que construyó las bombas atómicas, los reportes de horrores posterior a la explosión de las bombas eran propaganda, pues quienes murieron por las radiaciones lo hicieron “sin sufrimientos innecesarios”, y las víctimas tuvieron “una muerte placentera”.

Hoy, que nueve países cuentan con enormes arsenales nucleares y por lo menos otros cuatro quieren desarrollarlos, es imprescindible recuperar la memoria histórica y desenmascarar a quienes quieren ocultar la verdad. Ese es el mérito enorme del libro de Southard y del ensayo de Hersey, y el gran reto del futuro debe ser evitar la proliferación nuclear.
Sergio Muñoz Bata


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