Resucita el 'americano feo'


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Miércoles, 15/07/2015 - 18:53

Donald Trump utiliza un lenguaje insolente, grosero y violento porque está en sus genes. Afortunadamente, por esta ruta no se llega al poder en Estados Unidos.
Cuando veo a Donald Trump (afortunadamente solo por la televisión), la imagen del ‘americano feo’ me asalta. Curiosamente, Trump me hace pensar que el estereotipo que define a los turistas americanos como gordos vestidos de forma estrafalaria, derrochando arrogancia y hablando a gritos a veces es verdadero.

Es claro que de Abraham Lincoln a Franklin Delano Roosevelt, de Walt Whitman a William Faulkner, de Ansel Adams a Jackson Pollock, de Eleanor Roosevelt a Maya Angelou, de Benjamín Franklin a Carl Sagan, de Humphrey Bogart a Meryl Streep, de Martin Luther King a John Muir, de Duke Ellington a Marilyn Monroe, el mundo está en deuda con Estados Unidos. Pero la lista de las celebridades nacidas en este país no impide los manchones en la historia nacional.

El ‘americano feo’ también tiene su nicho en la historia nacional. A fines de los 50, dos escritores norteamericanos, William J. Lederer y Eugene Burdick, popularizaron su caracterización en la novela que llevaba el mismo título, y que es un devastador relato de la incompetencia y el engreimiento de la política exterior estadounidense de esa época.

Y cada vez que leo en los periódicos lo que dice y hace Trump, recuerdo un memorable ensayo de Simon Schama publicado en The New Yorker, donde hace un recuento de la incomodidad que sienten algunos extranjeros cuando escuchan a los estadounidenses autodefinirse como miembros exclusivos de un club excepcional. Durante su estancia en Estados Unidos, nos cuenta Schama, a Rudyard Kipling “le irritaba sobremanera la implacable seguridad con la que los estadounidenses exaltaban sus ‘incomparables virtudes’ ”. Al novelista noruego Knut Hamsun, que también vivió un tiempo aquí, le parecía “increíble la ingenua certeza de los estadounidenses de que pueden vapulear a cualquier enemigo”, y señalaba que “su patriotismo no tiene límites, nunca titubea y es tan vehemente como vociferante”. Schama también cita las palabras del abolicionista inglés Thomas Day, que, en 1776, describía la hipocresía de aquellos congresistas estadounidenses que “con una mano firman resoluciones de independencia y con la otra sostienen el látigo que descargan sobre sus atemorizados esclavos”.

Por otro lado, también debo reconocer que no solo en Estados Unidos hay patanes como Trump. Pienso, por ejemplo, en el italiano Silvio Berlusconi. Un excéntrico que comparte con Trump no solo el gusto por los peinados estrambóticos, sino un repertorio semejante de bufonerías. Ambos son ricos y a los dos les interesa la política y decir barbaridades.

Las estridentes declaraciones de Trump sobre los mexicanos han tenido varios efectos. Han resonado con fuerza en ese segmento de la población que tiene la misma visión desfigurada de los inmigrantes que tiene Trump. También en el ascenso de su popularidad en las encuestas, hoy está a la par de Jeb Bush. De mayor trascendencia es el debate que empieza en el Congreso acerca de las ciudades que ofrecen santuario a los migrantes y su posible interferencia en asuntos judiciales.

Yo no creo que la candidatura de Trump tenga futuro. Sabemos por experiencia que los candidatos débiles siempre recurren a las declaraciones sensacionalistas para darse visibilidad. También creo que mientras más duren sus diatribas contra las minorías, mayor será el daño al Partido Republicano. Trump no solo ha insultado a los mexicanos. También ha dicho que “la pereza es un rasgo característico de los negros” y, estereotipando a los judíos, dijo que le gustaría que su dinero lo contaran solamente “esos hombrecitos que llevan la kipá todo el día”.

De su machismo no es necesario hablar, basta con recordar que así no se gana el voto de las mujeres. En fin, Trump es una agrura que no resistirá un buen antiácido.
Sergio Muñoz Bata

Fuente: http://www.elnuevoherald.com/opinion-es/article27221404.html


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