La mentira como fundamento político (I)


Imagen de Thaelman Urgelles
Lun, 09/07/2012 - 23:45

La mentira forma parte integral de la condición humana. Resulta imposible concebir alguna persona que no ofrezca en algún momento una versión que no se corresponde con exactitud o que omite una parte de la realidad. Incluso las personas de mayor elevación espiritual o religiosa, o aquellas que se rigen por un estricto fundamento moral, se ven en la obligación de expresar alguna vez una mentira u omisión parcial de la realidad.

Existen las llamadas “mentiras blancas”, que se pronuncian para encubrir aspectos de la realidad que resultan incómodos o de poco gusto, o para mantener a los niños en la inocencia sobre aspectos de la vida que no están edad de comprender, pero que en fin de cuentas no hacen daño a nadie en particular. Hay, pues, una gradación de las mentiras: desde las más inocentes, inocuas y a veces involuntarias hasta aquellas que por su profunda mala intención y divorcio de la verdad llegan a provocar verdaderos conflictos y hasta crisis en una comunidad.

La política es una esfera donde la mentira posee un valor de cambio muy particular. Siendo ella un espacio público en el que se dirimen intereses y conflictos entre los grupos humanos, es comprensible que quienes allí actúan ofrezcan distintas interpretaciones sobre el mismo acontecimiento y que cada una reclame para su versión la cualidad de verdadera; en este caso puede tratarse de opiniones y no de mentiras, pero de este último modo es como son percibidas por el común. Por otra parte, la lucha política –como también los negocios- requieren de herramientas como la táctica, la estrategia, los planes y ardides, cuya elaboración y ejecución llevan implícitas la ocultación de propósitos y hasta la simulación de actos o situaciones. Son formas de mentira sin cuya práctica sería imposible participar de la actividad política o empresarial. Por eso los ciudadanos corrientes suelen pensar que todos los políticos son unos mentirosos consumados y que la política es el reino de la mentira. A nadie se le ocurre pensar lo mismo de los estrategas de mercadeo o de los managers de béisbol o de fútbol, quienes practican a diario tales prácticas de ocultación, simulación y engaño.

En las sociedades democráticas más avanzadas existe un control ciudadano con el uso de la mentira entre los políticos: se les tolera un cierto rango de ella para el ejercicio de su diatriba normal, pero se les condena severamente cuando el el grado de la falsedad sobrepasa ciertos límites. Es frecuente ver carreras políticas arruinadas y elecciones perdidas a causa de mentiras que son percibidas como graves por la población. En los Estados Unidos renuncian a cada rato gobernadores, senadores y hasta candidatos presidenciales por haber sido descubiertos en mentiras flagrantes, incluso algunas no muy graves. Es famosa la derrota del Partido Popular español en una elección hace 9 años, cuando los electores percibieron que mentía cuando adjudicó el atentado terrorista de la estación Atocha a la ETA y se trataba ciertamente de una célula de Al Qaeda. Fue una grave mentira y su sólida mayoría se derrumbó en apenas horas. (Continúa mañana)...


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