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Manuel Malaver: ¿Y ahora qué?


Dom, 25/02/2018 - 12:24

Pasados los ciclos del diálogo pareciera que la política venezolana no tiene más opción que regresar a la calle, con un gobierno tratando de completar el golpe electoral continuado que inició a finales de julio del año pasado con el fraude de la elección de la ANC y una oposición disparada a reagruparse para, con los apoyos nacionales e internacionales, insistir en no permitirle escapes a una dictadura frente a la cual no queda otro recurso que apretar el gatillo.

Manuel Malaver: ¿Y ahora qué?

Quiere decir que, se estrechan -o mejor dicho, desparecen- los espacios donde se podía intentar buscar una salida a la crisis que no fuera violenta y ahora solo queda medir fuerzas y apostar a que, sea cual fuere el final de la tragedia nacional, no resulte ni muy largo ni muy doloroso.

Un escenario, en todo caso, que se aleja de lo convencional, ya que, no parece fácil activar fuerzas cívicas y/o militares en el madurismo que procedan a su deposición del poder, pero tampoco se siente que la oposición cuente con fuerzas como para desatar una explosión social de tal magnitud que la caída del régimen se efectúe con la “naturalidad” con que se desborda un río o se suscita un terremoto.

Algún tiempo, entonces, puede llevarse recorrer el camino que conduzca al cambio de régimen y de sistema, si bien no debe olvidarse que la agudización actual de la crisis sigue acelerándose con una velocidad tan rápida y creciente que tocar fondo y reflotar tampoco necesitaría un largo período.

Para empezar, habría que referirse a la catástrofe humanitaria que, en su versión más visible, no es otra cosa que una caída en los índices de la calidad de vida más allá lo tolerable y controlable y, per se, mueven a las fuerzas que, interna y externamente, tienen capacidad para ponerle fin.

Este es, exactamente, el momentum en que se enfrentan gobierno y oposición en la calle luego de concluido el ciclo del diálogo y que, nos obliga a predecir que, la oposición volverá a acumular una enorme ventaja contra el régimen, pues, aparte del apoyo nacional que continúa establecido en algo más de 80 por ciento, cuenta ahora con el soporte abrumador de la comunidad internacional que, con una audacia que no adivinaban ni siquiera los más optimistas analistas hace meses, da más y más pasos en la dirección correcta para contribuir a que el neototalitarismo madurista se derrumbe.

La visita reciente del Secretario de Estado norteamericano Tex Tillerson por países de Sudamérica como Argentina, Perú y Colombia, habla de que Washington ya cuenta con una propuesta concreta para precipitar el fin de los días del madurismo y que solo es cuestión de esperar que la pandilla neototalitaria acepte una solución negociada o la rechace para darle el play a lo que nos atrevemos a llamar el segundo plan de la escalada.

En este orden, no descartamos una próxima y posible intervención militar, cuyos pasos y agenda concreta nos excusamos de graficar, si bien puede adelantarse que, en la misma, los roles de Estados Unidos y Colombia serían fundamentales.

Al respecto, recomendamos seguir la agudización del disenso que han experimentado las relaciones colombo-venezolanas a raíz del tema de los refugiados y que, obligan a pensar que una tensión de la cuerda hasta los niveles hasta donde parecen dirigirse, no pueden concluir sino con una ruptura de hostilidades.

Faltan tareas por cumplirse, desde luego, en el frente interno, y en lo que se refiere a las políticas a implementar por la oposición para que la crisis conduzca a unos resultados y no a otros y las más importante tienen que ver con el resquebrajamiento de la unidad que, desde mediados del año pasado, afectó a los partidos democráticos, pero creemos que el desempeño de los líderes que participaron en el diálogo en el sentido de aprovecharlo para desenmascarar el régimen, -mientras sostuvieron una posición de principios que no dejó pasar el fraude-, pienso que restaña heridas y genera otra vez una atmósfera de confianza que vuelve a constituir a la oposición en una sola.

No puede decirse lo mismo del madurismo, ahora fracturado en cuatro grupos: 1) El de Maduro propiamente dicho. 2) Otro constituido por los generales Rodríguez Torres y Alcalá Cordones, aliado de civiles como los ex ministros Jorge Giordani, Héctor Navarro, Ana Elisa Osorio y la Fiscal General, Luisa Ortega Díaz. 3) Un tercero de membresía poco identificada comandada por el ex ministro, ex presidente de PDVSA y ex embajador, Rafael Ramírez. 4) Un último de reciente formación que lidera el segundo hombre fuerte de los tiempos de Chávez, Diosdado Cabello.

En otras palabras, la capacidad de Maduro para sobrevivir, dados los fraccionamientos internos, la pérdida de apoyo popular y el aislamiento internacional, se ve realmente precaria, cuesta arriba, por lo que no es aventurado predecir que su caída no pasará del 2018.

Particularmente significativos se ven en el contexto las sanciones a funcionarios maduristas incursos en delitos de corrupción y de violaciones de los Derechos Humanos que hasta ahora solo han sido decretados por el gobierno de los Estados Unidos, Canadá y la UE, pero que no tardarán en aparecer en América Latina y, sobre todo, en los países que, en función de su cercanía con Venezuela, son los más perjudicados por la emigración forzosa de venezolanos. Hablamos de Colombia, Brasil, Perú, Argentina y Chile.

El gobierno colombiano, por ejemplo, pedía el pasado jueves 22, a través de su presidente, Juan Manuel Santos, que la CIDH interviniera en el tema de la inmigración forzosa de venezolanos a Colombia como consecuencia de la crisis humanitaria y ello, al par de contribuir a internacionalizar una de las grandes tragedias de nuestros tiempos, obliga a la OEA a lograr el consenso tan necesario para aplicar a Maduro la Carta Interamericana y pase a ser, no solo el jefe de Estado de un país paria sancionado en la región por Estados Unidos y Canadá, sino por la mayoría representada en una institución que, definitivamente, cuenta con la personería jurídica, moral y política necesaria para que la dictadura de un fuera de ley no se sienta miembro de la más grande y respetada multilateral continental.

En definitiva que, muchos amagos puede hacer Maduro para tratar de sobrevivir en un mundo cuya legalidad lo rechaza, pero sin posibilidad de sobrevivir mucho tiempo, si de lo que se trata es de tener relaciones económicas, políticas y diplomáticas normales con los países de los dos continentes donde nació la libertad y la democracia y sin cuyo concurso o neutralidad no persiste ningún gobierno ni en América ni en Europa.

Claro que, no puede esperarse el mismo grado de compromiso con el actual orden jurídico internacional de todos los países miembros de la OEA, aún más, hay algunos que lo adversan, pero no a extremos de hacer causa y ser cómplices de una dictadura cuya actitud en el pasado, y ahora mismo, es destruir instituciones que nacieron con la misión de ser soportes de la legalidad y la legitimidad continentales.

Los tiempos han cambiado y Maduro es una reliquia, un anacronismo con el que se quiso restablecer la utopía marxista en América Latina, pero solo para comprobar que carece en absoluto de inviabilidad y su destino es desaparecer más temprano que tarde.

Y dependiendo de factores que, en el caso del chavismo y el madurismo tuvieron que ver con el auge de los precios de petróleo durante el ciclo alcista de los años 2004-2008 y no porque trajera cambios y rectificaciones después que había colapsado a comienzos de la década de los 90.

En muchos sentidos, fue su última oportunidad, por cuanto, como nunca han caído sus acciones en el mercado de las ideas globales que, sin exageraciones, hace ya tiempo se están cotizando a cero.

Manuel Malaver


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