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Pedro J. Torres: Apetito emociogénico, una necesidad emocional que se satisface con comida y engorda


Mar, 07/08/2018 - 11:29

El hecho de que el comer llene también una necesidad psicológica puede convertirse en un riesgo o arma de doble filo contra nuestra salud, ya que en ocasiones, al experimentar emociones negativas o traumáticas, como el miedo, el estrés, la rabia, la ansiedad o la tristeza, podemos tratar de “llenar el vacío” con comida, y esto puede llevar al desarrollo de sobrepeso y obesidad; ésta es una conducta generada por un tipo de “hambre” emocional que apenas ha comenzado a estudiarse y que se ha denominado “apetito emociogénico”, comenta y comparte la Fundación Torres-Picón en esta nota de divulgación preventiva.

Pedro J. Torres, con el ex presidente de México Felipe Calderón; ambos en favor de la cultura por la vida sana

Comer es una necesidad básica para sostener la vida, necesitamos alimentarnos para que nuestro organismo pueda funcionar correctamente; más aún, la ingesta de alimentos es una necesidad tan intrínseca de nuestra condición de seres vivos que no sólo llena nuestros requerimientos nutricionales a nivel biológico, sino que además nos alimenta psicológicamente; es un acto placentero, reconfortante, algo que nos enlaza con nosotros mismos y con nuestros semejantes, prueba de ello es que en la mayor parte de las culturas humanas, casi cualquier celebración, rito o fiesta incluye indefectiblemente el acto de comer, y en muchos casos la celebración misma gira en torno a la comida.

Conozcamos que expresa el doctor Arturo Rolla, endocrinólogo de la Universidad de Harvard y quien se cuenta entre los especialistas que fomentan la utilización de esta nueva denominación, “la comida no es sólo comida sino una gratificación oral que nos tranquiliza y nos lleva a una zona de confort, de manera que, como consecuencia de las emociones, se aumenta el apetito emociogénico y hace que comamos más de lo que debamos comer”.

El doctor Rolla se inscribe dentro del grupo de especialistas que investigan la relación que existe entre el hambre y las emociones y cuyo trabajo, junto al de otros expertos en el área, fue presentado en las recientemente celebradas Jornadas de Medicina Nutricional y Obesidad, en las cuales participaron científicos e investigadores de universidades de Chile, Ecuador, Brasil y Argentina. Los resultados obtenidos en estos estudios señalan que el 80% de las personas se ven impulsadas a comer de más cuando se enfrentan a situaciones de estrés, en tanto que sólo el 20% pierde el apetito en situaciones semejantes.

En este sentido, la nutricionista Florencia Amerise señala que “es sabido que el comer a veces satisface nuestras sensaciones, pero hay que tener en cuenta que cuando esto pasa sin hambre el resultado es una ganancia de peso mucho mayor que la habitual”.

Subraya la experta que también deben tomarse en cuenta las características “adictivas” que tienen algunos alimentos. “Cuando se prueba un chocolate” plantea como ejemplo, “liberamos mayores cantidades de sustancias narcóticas que brindan sensación de satisfacción. Esa recompensa que experimentamos en nuestro cuerpo puede reforzar nuestra preferencia por alimentos que están muy conectados con sensaciones puntuales de placer”.

Opinión semejante expresa el nutricionista Norberto Russo, quien afirma que “son pocas las personas que comen porque tienen hambre: la mayoría de mis pacientes obesos dice que jamás ha sentido hambre porque siempre comen antes de que su cuerpo sienta la necesidad”.

CÍRCULO VICIOSO

Una de las principales características del apetito emociogénico es que quien padece de esta condición a menudo se encuentra entrampado en un círculo vicioso, tal como lo explica Rolla: “Una situación estresante lleva a comer más y un estado depresivo puede desencadenar en un cuadro de obesidad. Y la obesidad, a su vez, lleva a las personas a padecer la estigmatización y discriminación y a enfrentar problemas de mala adaptación psico-económico social, que llevan a cerrar el círculo vicioso de obtener gratificación ante estas situaciones a través del deseo de comer para saciar el apetito emociogénico”.

Al respecto, una investigación llevada a cabo por expertos de la Universidad de Cornell, en Estados Unidos, puso de relieve la influencia decisiva que ejerce el medio ambiente, tanto físico como social y emocional, en la toma de decisiones diarias relacionadas con la comida y la bebida; este estudio reveló que, en promedio, las personas toman alrededor de doscientas decisiones diarias relacionadas con la alimentación, pero que de éstas solamente se registran veinte.

“Siempre se supo que las emociones repercuten de manera directa con nuestra forma de alimentarnos, pero ahora tenemos más elementos y sabemos, entre otras cosas, que el hambre emocional comienza repentinamente y el hambre física ocurre gradualmente. Otra característica frecuente de este tipo de apetito es que cuando se come para aliviar un sentimiento no importa si el estómago está lleno o vacío: sólo importa comer”, expresó Amerise.

La obesidad en adultos y niños no es un asunto o tema de estilo, modas o tendencia. Debemos insistir en su prevención. Hay que promover hábitos de vida saludables desde la infancia, y los pacientes en control con los profesionales de la salud deben recibir consejos y el tratamiento que en verdad les corresponde”, señala Pedro J. Torres, presidente de la Fundación Torres-Picón, enfocada en prevenir la obesidad infantil.

Para Torres “estas opiniones de expertos iluminan una perspectiva distinta y muy interesante sobre el análisis científico clásico que se ha venido haciendo a esta preocupación y problema global de salud pública que es la obesidad”.

GF/EDC


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